Capítulo Decimotercero.
Sobre el camino restante a Treinta Cero, el misterio de las coordenadas y el mundo fuera de la Red, no necesariamente en ese orden de aparición ni de trascendencia.


Salieron completamente de la influencia de la Red el miércoles por la mañana.
Perdieron completamente la conexión y los filtros de realidad se apagaron. Los que no estaban al borde de la catatonia miraron para afuera para ver el pasto seco, el cielo levemente nublado en un tono menos azul del que acostumbraba a ser y a un ave cantando de un modo totalmente diferente al normal.

Los colores de sus ropas se veían más opacos de lo normal, los pantalones negros de Evan eran azules y los lápices escribían menos nítidamente. La radio se escuchaba mejor en el frente que en el fondo del auto y Abel no estaba en ninguna parte.


Evan abrió los ojos apenas y se encontró con el techo del auto. Giró y fingió dormir por un par de horas más, y aunque todos sabían que fingía nadie le dijo nada.
- Maldición, denme la matrix. – Dijo Jay rompiendo el silencio. Clara rió por lo bajo.
- Yo sabía que tú no estabas listo para ver el mundo opaco. – Le dijo cuando el la miró con cara de víctima. – La red te malcría tanto como tus padres.
- Eso es mucho. – Contribuyó Erin, que estaba mirando por la ventana fijamente. – El día es muy diferente de la noche...
- Definitivamente. – Clara sonrió. – En el día siempre se siente más la diferencia. Los filtros de realidad son increíbles.
- Durante una época se intentaron instalar los filtros a nivel satelital. – Les contó Paige que estaba conduciendo el auto con particular atención. – Pero finalmente se decidió que era inviable, por cuestiones de seguridad.
No querían mandar niños al espacio, contribuyó la mente de Evan, era demasiado difícil mantenerlos vigilados correctamente.
- ¿Crees que en algún momento la Red llegue a todos lados? – Preguntó Erin, ahora curiosa.
- Existen muchos lugares donde no la quieren. – Intervino Clara. – En lo personal, donde yo vivía mucha gente veía la Red con ojos muy supersticiosos. Decían que la gente moría en ella todo el tiempo.
Todo el tiempo no, solo a veces.
- Eso no es tan extraño... – Paige rió quedamente. – Se sabe que han habido personas que han muerto por el exceso de esfuerzo sobre el cerebro que la Red ocasiona. Pero todas esas cosas están mencionadas en todos los cursos previos al baño químico. Por eso es que muchos padres prefieren esperar a que sus hijos crezcan antes de permitirles conectarse.
- Yo tengo la Red desde los seis meses. – Jay se encogió de hombros. – Dicen que es mucho menos peligrosa cuando la usas desde muy pequeño, además tus padres son los que se encargan de conectarte o desconectarte, así que ellos te cuidan.
- El cerebro puede usar la Red sin inconveniente por más de sesenta horas. – Clara parecía feliz de poder demostrar su conocimiento del tema. – Pero más de eso se vuelve peligroso. Por eso se aconseja desconectarse mientras se duerme.
- Una vez leí una historia sobre un tipo que perdió su alma en la Red. – Jay rió. – Supongo que de ahí vienen Abel y sus amigos.
- Los espíritus de la Red son uno de los secretos más importantes del Grupo. – Paige sonrió, y agregó en un tono bromista. – Tendremos que matarlos a todos una vez terminemos.
Evan fingió despertarse y todos guardaron silencio por un momento.
- Buenos días, bello durmiente. – Bueno, todos menos Jay. Evan sonrió levemente.
- Solo dime que no fuiste tu el que me besó para despertarme.
- Diablos, no, no me gustan las pelirrojas.
- Estaremos llegando al siguiente punto en una hora, aproximadamente. – Los interrumpió Paige. – Y después de eso no hay más puntos, así que dependerá de que ustedes descubran a donde debemos ir.
- ¿Nosotros? – Evan rió, y la risa vino acompañada de un gesto de dolor. – Tu si que te tienes confianza.
- La buena con los acertijos es Erin. – Respondió Paige.

Evan parpadeó un par de veces y no respondió. Se preguntó cuando era que Paige había aprendido algo sobre sus amigos y ausentemente buscó la fecha en su memoria. No la encontró así que debió contar los días con los dedos hasta entender cual era el asunto.
Llevaban siete días de viaje. En una semana su mundo se había vuelto otro, pero el mundo real seguía girando. Comprendió que no tenía tiempo para tonterías y que había que actuar pronto.
El tiempo no esperaba por nadie, y Arima no parecía que fuera a esperar por él tampoco.


Se acomodó en su lugar y miró por la ventana para encontrarse el cielo opaco y el pasto seco del mundo fuera de la Red.
Llevaba años sin verlos y se le antojaron más ficticios que los colores de la Red.

Había matado a una persona, no pudo evitar que la misma idea le volviera a la cabeza.
Entendía que había sido necesario, que Tyler había perdido su mente y que Arima no dudaría en matar a nadie para obtener lo que fuera que quería hacer con la Caída, pero ese hecho no lo volvía insensible a la realidad.
En el fondo había esperado que todo se terminara resolviendo fácil y rápido, como en un videojuego, en una película o en un libro, pero la vida real había decidido ser un poco más cruel de lo que él había supuesto que sería.

Miró al auto.
Paige conducía ahora que no podían utilizar el automático, junto a ella, Clara le explicaba como utilizar el sistema de GPS bastante anticuado que el auto tenía.
Jay miraba por arriba del hombro de su novia, y daba datos completamente inútiles sobre la señalización.
Erin observaba un pequeño papel blanco, doblado en forma de triángulo.

Cuando Evan iba a decir algo, ella lo miró y sonrió.
- Era una tontería, no se como no me di cuenta antes.
- ¿De que hablas?
- Del acertijo claro. Era una tontería, cualquiera se hubiera dado cuenta. – Erin rió y se tocó la sien con el índice de la mano derecha. – Ni siquiera es difícil.
- ¿Encontraste el lugar? – Le preguntó Evan, perplejo.
- Si. Lo entendí mientras tú dormías. Yo misma te dije la respuesta, la pista no esta en el papel, la pista es el papel. – Erin lo extendió para mostrárselo, él se acercó un poco para verlo mejor.
- Sigo sin entender. – Bromeó, y ella rió también.
- Son cuatro vértices. Cuatro puntos a los que les corresponden las coordenadas Treinta y Cero. Y finalmente dos líneas que unen los vértices opuestos. Y en el centro, lo que buscamos, a iguales distancias de Treinta Cero.
- Que diablos. – Evan se golpeó la frente con la palma de la mano. – Es una estupidez.
- Lo se. Pero tiene sentido... No hay absolutamente nada en el cruce del Ecuador y el Meridiano de Greenwich. Solo agua.
- Y están... En el centro del mundo. – Evan rió. – Eso suena como algo que haría mi padre...
- Sería bueno que intentes confirmar si no me equivoco ahora que tenemos algo. – Erin sonrió levemente. – Aun puedo estar equivocada, después de todo la respuesta es demasiado obvia.
- Sabes... Si la respuesta es demasiado obvia probablemente sea la correcta.
- Confiaré en tu palabra. – Ella rió, relajándose un poco en su lugar. – Puedes culparme si nos perdemos.
- Antes busquemos el puerto más cercano a Treinta Cero... Algo me dice que si es el lugar correcto, tendremos otra sorpresa esperándonos.


Fueron varios kilómetros de pasto seco y cielo grisáceo, y aun más kilómetros de absolutamente nada. Por un momento pensaron que volverían a entrar a la Red sin ver un poblado, hasta que encontraron una pequeña ciudad.

Por un momento se preguntaron si estaban de vuelta en la Red.
El pueblo era pequeño y pintoresco, tan pintoresco como un pueblo pequeño podía ser por fuera de la red
Clara les sonrió.
- Parece que tuvimos suerte. Este parece ser un lugar tranquilo.
- No es tan malo como decían. – Jay miró el pueblito por la ventanilla del auto. – Es medio pequeño y parece aburrido, pero está bien.
- No todo fuera de la Red es malo, tonto. – Clara rió dándole un pequeño golpe juguetón en la cabeza. – Hay lugares así y hay grandes ciudades… No hay mucha diferencia.
- Si es cierto que hay lugares que son tierra de nadie. – Intervino Paige. – Pero la mayoría de los lugares fuera de la Red son como estos. Pueblos pequeños y pacíficos.
- ¿Pararemos aquí? – Preguntó Erin. – Podríamos ver como es la gente.
- No, no. – Clara se recargó sobre el respaldo de su asiento. – No creemos tensión innecesaria… Así como hay gente corriente, la mayoría de los terroristas tienen estos pueblos como escondites y rehenes.
- No hay nada que las autoridades puedan hacer. La gente de los pueblos siempre cubre a los suyos aun si saben que algo está mal. – Paige volvió a hablar. – Es peor en los pueblos donde temen a la Red…
- Diablos. – Jay se asomó un poco más por la ventana, ahora más curioso que al comienzo por ver algunas de esas personas. – Me pregunto cuantos de ellos serán enemigos nuestros de verdad. Quien sabe, quizás alguno de ellos esté esperando a que paremos para matarnos.
- Jay, cariño, ya estás delirando otra vez. – Clara le dirigió una sonrisa (de esas sonrisas que solo las novias saben usar). – Probablemente no haya nada aquí, así que solamente sigamos.
- Tengo que comprobar si Erin acertó con su idea. – Evan intervino en la conversación por primera vez. Todos pensaban que había estado terriblemente callado en las últimas horas, pero permanecían ignorantes a los sucesos.

Evan no pensaba sacarlos de su ignorancia tampoco, en el fondo se preguntaba que tan listos estaban para asumir lo que realmente estaba sucediendo. Todos parecían demasiado tranquilos, demasiado relajados para que realmente supieran.
Notó que simplemente no tenía idea de cuánto de la historia les había dicho y cuánto no. Lo volvió a atacar el sentido de irrealidad que no podía dejar de experimentar desde que esto había empezado.

Se sentía como flotando en una nube de cosas extrañas sin sentido.
Frunció el ceño.
Maldición…
Ni siquiera se sentía de humor para suspirar.



El resto del viaje por fuera de la Red fue tenso.
Algunas piedras se estrellaron contra el auto y todos sabían que no era por casualidad.
Pasaron por un par de zonas más, donde había pueblos que parecían completamente pacíficos y donde nada les sucedía cuando los atravesaban para encontrar la carretera del otro lado.
En cierto modo se había creado una pequeña paranoia en cada uno de ellos (excepto en Evan, que la tenía desde el comienzo), y prácticamente esperaban ver a un asesino a cada vuelta de la esquina.
En parte querían culpar al creciente calor, que se volvía más y más insoportable y asfixiante mientras más se acercaban al Ecuador, pero sabían bien que esa clase de sentimientos de sofocación eran más que nada causad0s por la paranoia y no al revés.

Erin observó el papel doblado una vez más.
Tenía un poco de curiosidad de conocer al señor Gabriel Rhodes, quien había tenido un modo tan simple pero tan ocurrente de indicarles el punto exacto donde aguardaba Treinta Cero.

Clara miraba todo como una nueva aventura.
Si seis años atrás, cuando era una niña más en un barrio perdido del mundo fuera de la Red, le hubieran dicho que terminaría en una situación así, ella se hubiera creído que le estaban mintiendo.

Paige sabía que esto era parte de su trabajo.
Eso no quitaba que planeara pedir un aumento apenas volviera, pero sabía perfectamente que la mayoría de las cosas que habían sucedido hasta ahora eran minucias del trabajo en la Unidad Disciplinaria de la División Rhodes. Pero vaya, detener el fin del mundo como lo conocían no estaba incluido en el contrato.

Jay estaba aburrido a muerte.
Maldición el solo quería dar un par de buenos puñetazos y sentirse bien consigo mismo. ¿Qué diablos estaba mal con este grupo? Había gente que simplemente no podía aprovechar las situaciones en las que estaban.
Bueno, al menos Clara estaba feliz. Algún día le podrían llamar a esto su luna de miel bizarra.

Finalmente, Evan solo aguardaba por el siguiente suceso.
Llevaban tres horas sin aplastar su concepto del mundo. Ya vendría lo siguiente.



La red se sentía segura y reconfortante.
Normalmente solo estaba allí, la mayoría del grupo se había acostumbrado tanto a su existencia que ya ni siquiera la consideraban como algo existente.

Era el como el aire, no la apreciabas hasta que te dabas cuenta de que no la tenías.
Entonces entrabas en crisis porque todo era opaco y te estabas asfixiando al sentirte desconectado del resto del universo.
Tres días habían pasado, y se acercaban a un nuevo nodo.

Los filtros de realidad fueron lo primero en activarse, y en ese momento todos dejaron escapar un suspiro de calma.
Se conectaron a la Red para encontrar sus cielos azules y sus pastos verdes. El canto de las aves, los colores de los animales, el auto rosa…
Ah, diablos.


Evan cerró los ojos y tocó apenas el Tercer Nivel.
En vez de cambiar el color del auto cambió los tapizados para que hicieran juego.
Todos lo quedaron mirando y el sonrió inocentemente.

Bien, quizás todo se había calmado un poco.




Abel apareció tres horas después.
Después de las preguntas de rigor (“¿Están bien?”, “¿Tuvieron que hacer muchas paradas?, “¿Se encontraron con algún terrorista homicida?”), se dispuso a repartir las noticias del día.
- William está camino a Treinta Cero. – Les informó primero que nada. – Gabriel ya extendió su aprobación y William dijo que te abriría la entrada personalmente.
- Si señor, ese es mi padre, nunca perdería una oportunidad de refregarme en la cara el hecho de que lo necesito. – Evan rió. – Me alegra ver que no ha cambiado en lo absoluto en los últimos días.
- Y finalmente Kathe dice que quiere conocerlos antes de que salgan a Treinta Cero. Pero dice que solo lo hará si llegan al puerto antes de dos días.
- ¿Al puerto? – Preguntó Clara perpleja, no recordaba puertos en esta área.
- Existe un puerto en las proximidades de Treinta Cero. Si pueden encontrarlo allí estará ella esperando. Dice que los acompañará en el tramo final y desde allí al propio lugar. Si la convencen podrían conseguir la tercera firma, y entrar al Santuario.
- Vaya. Esta suena mucho más fácil que los otros dos…  - Jay rió y se recargó en el respaldo del asiento, su aspecto era bastante más relajado. - ¿Y de allí a Treinta Cero, verdad?
- Así es. – Erin sonrió. – Y una vez allí esperemos que todo esto se resuelva pronto.   
- Desde el puerto sale un barco a Treinta Cero cada dos o tres horas, normalmente lo usan los empleados que trabajan allí y se sabe que los cargamentos con las provisiones y la ayuda pueden llegar más seguramente si el puerto es privado.
- Ya veo… - Replicó finalmente Clara. – Como está aislado prefieren tener acceso personal y restringido a los puertos. Eso no es algo necesariamente malo, pero si significa que si decidimos meternos como polizones correremos un buen riesgo…
- En otras palabras, nuestra mejor apuesta es caerle bien a la señorita Kathe. – Concluyó Erin con un suspiro. – Después de tanto pensar, es un poco frustrante que dependamos de alguien más para poder entrar…
- Ella no quiere verme solo a mi, ¿Verdad? – Evan se permitió sonar esperanzado frente al prospecto de poder conocer a alguien sin necesidad de estar solo, de inmersión completa o del abuso del Tercer Nivel.
- Ella dijo que quería conocer a todo el grupo. Parecía estar tan curiosa por ti como por tus compañeros… - Le explicó Abel con una pequeña sonrisa.
- Eso suena fantástico. – Evan rió. – Estaba bastante harto de tener que conocer a todo el mundo en escenas dramáticas que arruinan mi vida y que ninguna otra persona sufra un poco para variar. Creo que seré vengado finalmente.
- No puedes quejarte, parece que finalmente te tocaron unas buenas vacaciones. – Jay rió también. – Mejor disfrútalas que con tu suerte no volverás a tenerlas jamás.



Con cierta ansiedad por la cercanía a la meta que había parecido inalcanzable por tantos días, el pequeño grupo improvisado se permitió hacer una pequeña parada para comprar helados (y era que a cada minuto el calor se volvía más insoportable) y ver en los mapas cual era el puerto más cercano.
Extendieron el mapa (la época en que solo habían un par de puntos en el parecía terriblemente lejana) para notar que los dos puertos que parecían realmente viables estaban a varios días de distancia. No había modo de que llegaran a ninguno de los dos puertos a tiempo y eso era más que claro.

Trazaron una línea marcando el Ecuador, y tampoco encontraron ningún puerto privado que figurara en el mapa y que estuviera cerca de aquella línea donde suponían estaba ubicado Treinta Cero, incluso hacer varias búsquedas en la Red sobre puertos y fotos satelitales, no devolvió resultados satisfactorios.
Y fue en ese momento que todos dudaron. Si Treinta Cero no aparecía en el mapa, sería bastante ilógico que los puertos que llevaran a aquel lugar estuvieran descubiertos para fácil acceso, o incluso que fueran posibles de encontrar.

Todos se observaron, con la curiosidad típica de la persona que luego de descubrir algo quiere saber si el resto de su grupo tiene la misma idea y algunos sonrieron al comprobar que así era. Tendrían que dar un salto de fe para alcanzar el puerto de Treinta Cero. Se trataba de creer en la respuesta que Erin les había dado sin dudarlo en lo absoluto (o incluso dudándolo, pero hacerlo de todos modos).
Al final, la persona que lo puso a votación fue el propio Abel (que era en realidad el único que  tenía las manos libres ya que no podía comer) y mientras tomaban sus helados todos, con excepción de la propia Erin que parecía bastante nerviosa por toda la situación, votaron a favor de ser valientes (o fingir serlo) y seguir el camino confiando en que la deducción de ella era correcta.
Ya podrían apelar o algo por el estilo si el camino suicida se volvía más suicida de lo que esperaban que fuera, pero en parte todos habían empezado a asumir que tarde o temprano toda la diversión y calma del viaje se irían al diablo.


Partieron un par de horas después, cuando el sol hubo bajado un poco.
De todos ellos obviamente la más incómoda durante el viaje fue la propia Erin, que a cada minuto que pasaba dudaba un poco más que los estuviera logrando llevar a donde se suponía que debía estarlos llevando.

Evan permaneció en silencio casi todo el trayecto.
Estaba sintiéndose crecientemente nervioso mientras más se acercaban a aquel lugar. Su concepto de la realidad y el mundo se sentía amenazado una vez más por la posibilidad de otro encuentro con su padre y con el miembro final de la Santísima Trinidad del Grupo A.
Suponía que nadie lo culparía por admitir que tenía los pelos de punta, pero de todos modos prefirió no hacerlo. En parte no quería hacerlos sentir más nerviosos de lo que ya debían estarse sintiendo, y en parte se admitió a si mismo que era un bastardo orgulloso y que no quería decirle al mundo que tenía pánico de descubrir algún secreto aun peor de los que ya había encontrado.


Alcanzaron la costa un par de grados por debajo del Ecuador y siguieron el camino de la playa.
Agradecieron una vez más a los dioses de la tecnología por salvarlos del calor homicida que había afuera, y en eso estaban, hablando del aire acondicionado, cuando Clara se dio cuenta de algo obvio.
- Jamás veremos el puerto si lo buscamos en la Red. – Miro por la ventana y todos supusieron que se había desconectado. – Quizás incluso sea peligroso seguir conectados… Después de todo ellos quieren esconder ese lugar, así que dentro de la Red simplemente no existirá.
- Diablos… – Jay río dejando caer el enlace de su conexión. – Juro que apenas pueda le daré a alguien un buen puñetazo en la boca por hacer todo esto tan complicado.
- Tendrás que golpear a mucha gente. – Paige sonrió mientras también se desconectaba y observaba el paisaje completamente distinto del lugar sin la Red. – Vaya… Realmente aquí es muy diferente.
- Parece ser que realmente esconden algo. – Agregó Clara con una pequeña sonrisa traviesa en los labios. – Tenemos una buena pista, entonces.
- Una buena pista… Lo mejor será mantener los ojos bien abiertos. – Evan se acomodó en su asiento. Prácticamente podía oler los problemas cerca.



Vieron el puerto más de doscientos kilómetros después del lugar donde habían comenzado a seguir la costa.
Era muy pequeño y apenas parecía un puerto, y debía ser sumamente fácil pasarlo de largo, así habría sido con ellos de no ser porque el grito de Clara de “allí esta, allí esta” tuvo el increíble efecto de lograr que todos saltaran de sus asientos y miraran el lugar donde ella estaba señalando.
En efecto y preocupantemente, el puerto parecía más una pequeña estación de canoas donde solo había un barco bastante pequeño y barato que no debía de cargar más que algunos pasajeros.
Aunque parecía un punto de turismo corriente, solo debieron conectarse a la Red unos segundos para comprobar que allí lo único que se veía era un montón de bosque, y algunos letreros de “Prohibido el Paso”.


Fueron recibidos por Kathe Brand en persona.
Evan que en ese momento sabía mejor que nadie de los antecedentes de aquella mujer (a la que imaginaba toda una adulta), se sorprendió un poco al ver a una jovencita de catorce años con aspecto de perdida.
- ¡Encontré a Evan! – Clamó apenas los vio, y se acercó a ellos con una sonrisa afable. – Me alegra mucho tenerlos aquí, creí que no llegarían hasta mañana, o que no llegarían... O algo.
- Es porque estábamos en la zona, señorita Brand. – Respondió Paige con lo que parecía ser demasiada costumbre.
- Puedes llamarme Kathe. – Ella rió. – Y lo mismo para ustedes, pueden llamarme Kathe, y siéntanse cómodos, este es mi pequeño puerto privado de acceso a Treinta Cero.
 - ¿El suyo? – Erin preguntó antes de que nadie atinara a decir palabra.
- “Tuyo”, se dice “el tuyo”. – La amonestó la chica con un gesto juguetón. – Después de todo, soy menor que todos ustedes.
- Bien. – Erin asintió con la cabeza. – ¿El tuyo?
- Cada parte del Triunvirato tiene su acceso privado a Treinta Cero. Por supuesto al ser privados las ubicaciones son secretas, pero yo preferí traerlos aquí. – La chica sonrió una vez más. – Escuché que ellos ya habían ocupado los accesos del señor Rhodes y el señor Lowe.
- ¿Ocupado? – Se atrevió a preguntar Clara, que se sentía casi como se sienten los niños cuando los llevan a conocer a Santa Claus.
- Sí. La gente de Arima parece querer deshacerse de la Red… - Kathe entornó sus ojos verdes, y frunció la nariz en un gesto de desagrado. – Se ha hablado mucho sobre la Caída… En parte eso es algo que no esperaba tener que enfrentar yo sin mi abuela…
- ¿Kathe? – Aventuró Evan, que ya no parecía tan intimidado por ella como al comienzo. – Si realmente tienen ocupados el resto de los puntos de acceso, me gustaría llegar a Treinta Cero lo antes posible. Si todo es como creemos o como nos han dado a entender, este asunto es mucho más serio de lo que pensábamos.
- Si, lo se. – Ella les sonrió. – Pero para problemas no tradicionales se deben usar soluciones no tradicionales, eso me lo enseñó mi abuela.
- Entonces nosotros somos una solución no tradicional, ¿Verdad?
- Sip. – La chica rió. – Pero vengan, síganme y presten mucha atención, no vayan a perderse.
 
Los guió por un camino completamente recto, aunque se detuvo para mirar a los costados varias veces, casi como si realmente estuviera perdida.
Les sonrió a todos, que no se sentían especialmente confianzudos hoy, mientras les comentaba sobre las maravillas de tener gente vigilando los caminos. Parecía realmente ser una adolescente desinteresada, y quizás todos lo hubieran creído de no saber sus antecedentes.
Pero lo sabían y eso era más que suficiente.

Cuando ella los guió hasta las canoas, todos las miraron con ojos críticos.
Estaban al borde del propio océano y varias de ellas parecía que no podían sobrevivir ni a una travesía en el lago del parque, mucho menos llegar a Treinta Cero, que había de estar a varios cientos de kilómetros de distancia.
Kathe se acercó a uno de los dos botes que había entre más de veinte canoas y lo inspeccionó con particular atención.
- Supongo que alguno de ustedes sabe remar, ¿No?
- Yo se. – Intervino Jay, que en parte sabía remar y en parte quería impresionar a su novia y a la jovencita esta, que era bonita, millonaria y haría una excelente amiga (sin beneficios, claro, porque Jay estaba en una relación seria y esas se las tomaba… Bueno, en serio). Se parecía mucho a las fotos de Margaretha Brand que mostraban en documentales y páginas en la Red, pero no le dio mayor importancia, la paranoia era cosa de Evan.
- Fantástico. – La chica sonrió ampliamente. – Tendrás que ayudarme a remar entonces.
- ¿Planeas llegar allí remando? – Preguntó Erin mirando el océano tanto dentro como fuera de la Red y encontrando solamente agua.
- Claro que si. – Kathe rió y los miró uno por uno. – Solo se puede llegar a Treinta Cero remando. Pero debes saber por que caminos remar.
- Rememos entonces. – Clara empujó a Jay un poco en la dirección de las canoas. – Si no empezamos pronto no llegaremos nunca, así que ponte a trabajar cariño.
- Oh, por dios… - Jay suspiró pero se dejó llevar sin más quejas. Ningún hombre del universo podía enfrentarse a la ira de una novia enojada.

Se sentaron en el bote y comenzaron a remar.
Habían avanzado apenas un par de metros cuando Kathe cerró los ojos y el agua comenzó a hundirse y abrirse no muy lejos de ellos.
Todos estaban listos para algo sorpresivo, pero no para un milagro, así que dejaron escapar un suspiro colectivo al ver que solamente se trataba de un inmenso submarino.
Luego notaron que había un submarino inmenso a menos de diez metros de la costa y comenzaron a preocuparse de nuevo.

Kathe se puso de pie en el bote y saludó sacudiendo un brazo fervientemente, casi como quien encuentra a un viejo amigo a lo lejos y desea llamar su atención. El bote se tambaleó un poco, casi matando a Paige de un infarto en el proceso (algún día Evan descubriría que ella no sabía nadar).
- Vamos, vamos, ya llegaron a buscarnos. – Les dijo volviendo a sentarse y poniendo las manos en los remos casualmente. – Mi submarino es mucho más rápido que los métodos del señor Rhodes y el sistema del señor Gabriel está fuera de línea, así que probablemente podamos cortar un poco de la ventaja que ellos tienen y llegar a tiempo.

Remaron y remaron.
Si el S.S. Suicidio les había parecido algo fantástico, aquel submarino (al que Kathe había llamado afectuosamente “Homunculus”) estaba totalmente fuera de cualquier liga.
Era muy amplio por dentro, tenía amplios ventanales y claramente estaba diseñado para hacer turismo en él. Estaba navegado por dos personas y unos cuantos espíritus, que trabajaban en equipo. Los dos navegantes eran rubios de ojos azules, y Evan supuso que serían Nodos rechazados o retirados, o al menos experimentos previos de la abuela de Kathe.
Su mente amablemente le dijo que no podían ser experimentos de Kathe por su edad, ya que ambos navegantes parecían tener más de veinte años y ella no aparentaba ni siquiera dieciocho, pero eso lo llevó a pensar que si esta chica había creado a Arianna siete años atrás, siguiendo esas cuentas dejaba dos opciones. O Kathe era una niña cuando había logrado extrapolar la mutación en sus genes, o simplemente Kathe Brand no podía envejecer y era un experimento en sí. Sabiamente la mente de Evan, quizás más acostumbrada a los métodos de defensa personal, descarriló ese tren de pensamientos antes de que fuera demasiado tarde y le diera la chance de aprender otro suceso traumático.

El submarino comenzó a moverse, y escuchó a Kathe preguntar a uno de sus tripulantes si podían pintarlo de amarillo como en la canción.


Evan suspiró y optó por no escuchar el resto de la conversación.
Ya tendría bastantes sucesos traumáticos cuando llegara a Treinta Cero.




< Previo       -       Índice     -     Siguiente >