Capítulo Decimosegundo.
En el que Evan asciende al Tercer Nivel y las cabezas empiezan a rodar... Aunque eso no es necesariamente algo bueno.
Aparentemente el camino al Tercer Nivel era más simple de lo que parecía.
El
camino se abría muy fácilmente con las partes del cerebro que Evan
tenía quemadas. Bien, a eso se refería William con la expresión “te
cortó las alas”.
Y el fue tan idiota que se esperaba que fuera una metáfora completamente bizarra.
Pero
bien, de acuerdo con Abel si el humano podía volar sin alas, el podía
subir al Tercer Nivel sin alas también. Eso por supuesto implicaba una
gran cantidad de trabajo, lo cual hacía que Evan se sintiera totalmente
emocionado y ansioso por comenzar. Bueno, quizás no.
Pararon
a la medianoche. Estaban a apenas un par de cientos de kilómetros de
distancia de Dominique, pero Abel había insistido que se detuvieran por
una hora solamente.
Estaban en medio de la nada, en una especie de
acampada muy extraña, y Evan se apartó del grupo pidiéndoles que si lo
veían convulsionándose y sacando espuma por la boca por favor lo
intentaran desconectar de la Red.
Ahora estaba sentado, la
espalda recostada contra un árbol, con los ojos cerrados e intentando
desesperadamente recordar como diablos era que se había sentido
alcanzar el Tercer Nivel tres años atrás.
- No puedo. – Dijo finalmente, más por aburrimiento que por seguridad de no poder.
-
Claro que puedes. – Abel parecía tener infinita paciencia, o al menos
mucha más que la que tenía Evan. – El problema es que tienes miedo.
-
¿De que hablas? No puedo tener miedo, no me acuerdo de nada. – Se
encogió de hombros y se tocó la sien un par de veces, como para
demostrar su punto.
- No concientemente, pero tu cuerpo recuerda y
en el fondo tu también. – El espíritu lo observó fijamente. – Es
normal, pero tienes que pasar más allá de eso si quieres poder alcanzar
el Tercer Nivel y salvar a Dominique.
- ¿Y por qué diablos no lo
hace alguien que tenga mejor acceso? – Evan giró los ojos, ya estaba
harto de todas las excusas. – Supuestamente ustedes siempre están en
ese estado. Que diablos, William podría hacerlo, ¿Que necesidad de que
sea yo?
- Evan... – La voz de Abel perdió la calma y le habló con
cierto tono de reproche. – Llevas más de tres años escapándote de todo
esto, y quien sabe cuantos más escapando de las responsabilidades que
tendrás para el Grupo.
Por un momento ambos guardaron silencio.
Durante todo el tiempo ambos se miraron fijamente, casi intentando
intimidar al otro, hasta que al final Evan suspiró.
- De acuerdo, intentémoslo una vez más. – Cerró los ojos e intentó recordar los sentimientos en lugar de los hechos.
Abrió los ojos en un largo corredor blanco.
Bien, esto era extraño, la vez anterior había simplemente pasado de un lado al otro, hasta ahí recordaba, luego había...
Observó
la pared blanca, observó las puertas... Bien, había llegado al lugar
equivocado, así que simplemente volvió a donde estaba antes.
Abrió los ojos de nuevo en el lugar donde estaba al comienzo.
- Acabo de declinar un viaje bizarro a mi memoria. – Le dijo a Abel y el espíritu parpadeó un par de veces, confundido.
- ¿Que dices?
- Oh nada. Sigamos intentando. – Evan rió, y volvió a cerrar los ojos. Esta vez debía lograrlo.
-
Quizás el problema sea que te concentras demasiado. – Concluyó Abel. El
joven abrió los ojos para observar al espíritu que lo miraba
interesado. – Después de todo, el Tercer Nivel es un lugar de paz y
equilibrio.
- Ah... – Evan rió, y por alguna razón que nunca
entendería de pronto todo estuvo claro. Aquella parte de su memoria que
el había inhibido había resurgido desde alguna parte de su bloqueo.
Abel tenía razón, lo estaba haciendo mal desde el comienzo. –
Entiendo... Me lo hubieras dicho antes y nos habríamos ahorrado un buen
rato.
- Lo hice. – Le respondió el niño, girando los ojos. – Tres veces además.
- Entonces lo siento, no estaba prestando atención.
Cuando abrió los ojos, estaba exactamente en el mismo lugar donde los había cerrado.
Extendió
una mano y cambió los colores de las flores frente a él. Luego cambió
el nido de pájaros que recién notaba en el árbol, por el nido de otros
pájaros. Esto lo hizo sin moverse siquiera.
Finalmente cambió el color del auto, y escuchó a Clara pegar un grito de susto.
Rió. Y rió, y rió porque no podía parar.
Era una estupidez de fácil, cualquiera podría haberlo hecho.
Solamente
tenía que olvidar lo que estaba haciendo, tenía que abrir su mente.
Todo lo que pensara posible sería posible, siempre que lo pensara del
modo correcto.
Entonces empezó la jaqueca.
Cerró los ojos y se encogió tanto como pudo, casi con la esperanza de que eso hiciera que el dolor se calmara, pero no funcionó.
Abel
lo observaba, una mezcla entre asustado y perplejo, movía las manos y
no sabía que hacer. Afortunadamente el dolor remitió después de unos
cuantos minutos y Evan pudo respirar. Abrió los ojos y miró a Abel con
una sonrisa.
- El lado bueno es que anda. El lado malo es que aparentemente está intentado matarme.
-
¿Estás bien...? – Preguntó finalmente y Evan asintió con la cabeza. –
Creo que me pasé con el esfuerzo. Aunque en realidad no siento nada en
mi cuerpo, así que me arriesgaré a decir que fue mucho esfuerzo mental.
-
En estas situaciones, cuando la mente hace algo así el cerebro intenta
recuperarse tan pronto como le es posible. Eso incluye redistribuir los
conocimientos desde las áreas del cerebro que ya no funcionan hacia las
que sí.
- O en otras palabras, en vez de mis alas estoy usando unas aletas de pescado, y floto de puro milagro.
-
Se podría decir. – Abel rió. – Tienes que medir que cambios haces,
porque te afectan mucho. Uno muy grande podría llegar a matarte si no
descansas entre una cosa y la otra.
- Diablos. Nunca pensé que tener el cerebro frito fuera tan molesto. – Evan se recargó en el árbol detrás de el y suspiró.
-
Sin embargo hay muchas cosas más que puedes hacer sin necesidad de
llegar a los límites de hacerte daño. – El niño se acomodó en el lugar
donde estaba sentado. – Gracias a la Red afectar un cerebro es
sumamente simple desde el Tercer Nivel.
- Entonces cualquier persona que lo alcance puede hacer lo que quiera. Eso no suena como algo que mi padre permitiría.
-
Y no lo hace. – Abel sonrió. – De eso nos encargamos los espíritus y
los Guardianes. Los espíritus podemos saber siempre que alguien entra
al Tercer Nivel en nuestras áreas de influencia. Ya que se hace por
medio de la conexión con nosotros. Apenas damos noticia los Guardianes
se preparan.
- Ya veo…
- Así fue como encontramos a Tyler. Aparentemente tuvo que acceder al Tercer Nivel.
-
Eso… No suena nada bien. – Evan le dirigió una mirada a Abel. – El
puede tener información sobre las rutas que tomarán y sobre Treinta
Cero, ¿Verdad?
- Es necesario que vayas a su encuentro. Nosotros no
tenemos autorización para hacerle daño, pero tú no perteneces al Grupo,
así que puedes ir por él.
- Espero que no lo necesiten para
interrogarlo, porque nunca me cayó muy bien. Quizás se me pase un poco
la mano. – Rió. – Pido disculpas desde ya.
- Será un suceso muy
desafortunado. – Abel suspiró. – Pero supongo que siempre que puedas
probar que era peligroso nadie dirá nada.
- Si no es peligroso no voy a freírle el cerebro, Abel. Eso me haría como la gente que odio.
- ¿Así que nada de volverte loco de poder? – Le preguntó, Evan se sintió mejor de ver al niño bromeando de nuevo.
- Quizás, pero no con Tyler, no vale el esfuerzo.
-
Esta noche… Cuando el se conecte a la Red yo te lo haré saber… Desde
aquí podrás alcanzar el Tercer Nivel sin problema y hacer lo que debas
hacer.
- Muy bien… - Evan rió. – Que empiece la función, ¿Eh?
-
Ten cuidado si ves a Arima. Salte apenas la veas, ella aun es demasiado
para nosotros. Solo Arisa o Arianna podrían detenerla en este momento.
- Lo se, lo se. Ahora a esperar… Y más le vale al muy idiota que sea pronto.
Bueno,
si Evan era vengativo iba a tener miles de excusas para freír el
cerebro de alguien, porque Tyler demoró al menos tres horas más en
aparecerse en la Red.
Durante ese tiempo, Evan se dedicó a hacer
cosas de gran trascendencia, como cambiar de colores a los pájaros y al
auto a modo de práctica. Eso último le ganó una reprimenda de parte de
Paige, que tenía que devolver el auto en el mismo estado en que se lo
habían dado, y eso incluía el color.
Estaba intentando acordarse
exactamente cual era el color original del auto (aunque aquel rosa
chillón era un color muy divertido para mandarle de vuelta a Attis)
cuando Abel apareció frente a él y supo que ya era hora.
Evan
observó alrededor. El lugar era muy parecido a la sala en la que se
había encontrado con Attis, pero a la misma vez parecía faltarle el
aspecto cálido que tenía el otro lugar.
Allí de pie estaba Tyler, no
muy diferente a como lo recordaba, si exceptuábamos el hecho de que
parecía tener dianas dibujadas por todo su cuerpo, pero esas
probablemente se debían al hecho de que esta vez Evan quería romperle
los dientes… Lo cual en realidad no era nada diferente a la última vez
que se habían visto.
Excepto que esta vez si podía romperle los dientes. Dientes virtuales, pero dientes al fin.
Cerró las conexiones al lugar, aislándolo.
Eso
lo había aprendido de la amable señorita Arima. Era posible escapar de
un lugar cerrado así, pero era imposible hacerlo en menos de dos
minutos. Y ciertamente ninguno de los dos podría concentrarse mucho
cuando empezara a irse todo al diablo.
Una vez hubo terminado, dio un paso hacia delante y comenzó la confrontación del modo en que su padre lo hubiera hecho.
- Buenas noches, Tyler. – Le dijo con una sonrisa. – Que fantástico encontrarte aquí.
- Evan… - Tyler pareció perplejo por un momento, pero inmediatamente asumió una pose defensiva. - ¿Qué quieres?
-
¿En general, o específicamente ahora? – La sonrisa se acentuó. Quizás
ser hijo de William (aun remaldito) Lowe no era una cosa tan mala
cuando estabas del otro lado.
- Se suponía que la olvidaras. – El mayor le dirigió una mirada, ahora parecía más irritado que nada. – ¿Cómo te saliste?
- Me salí porque mi cerebro esta frito. Eso es ironía, ¿Verdad?
-
Veo que heredaste bastantes genes defectuosos de tu padre. – Tyler lo
miró fijamente esta vez. – Dime, ¿También heredaste su respeto por la
vida humana?
- Mi padre no es el tema. Y no se pueden cambiar las cosas destruyéndolas.
-
La Red es impura, Evan. Está construida sobre millones de almas, sobre
miles de niños que fueron separados de sus familias, usados como
conejillos de indias. Personas a las que les quitaron sus derechos a
vivir. ¿Estás bien con eso? ¿Incluso ahora que sabes la clase de cosas
que están sucediendo?
- Lo que hace el Grupo no está bien. Eso lo
entiendo y estoy de acuerdo… El problema aquí es saber que diablos
piensan hacer ustedes.
- Crearemos un mundo nuevo sin la Red… Un
mundo donde las personas se puedan ir a dormir entendiendo que al día
siguiente su habitación real estará allí, y que nadie puede matarlos
mientras duermen u obligarlos a hacer algo contra su voluntad. Donde
los propios humanos no sean utilizados como herramientas.
- ¿Y las
cosas buenas? ¿Cómo diablos planean resolver los problemas de
educación? ¿La tasa de criminalidad? ¡Este mundo existe por la Red!
-
¿Entonces está bien sacrificar a unos pocos por el bien de muchos? Esos
niños nunca vivirán totalmente el mundo supuestamente perfecto que
crearon.
- ¡Eso cambiara! Encontraremos un modo de mejorar todo,
de que esos niños ya no sean prisioneros... – Por primera vez desde que
todo esto había comenzado, Evan pudo entender el significado de lo que
él podía llegar a hacer con sus propias manos.
Podía cambiar el
mundo, podía traerle la paz a millones de personas. Por un momento,
aunque muy breve, se preguntó si esa era la razón por la que su abuelo
había creado la Red años atrás. Si acaso alguna vez su padre había
pensado en todo lo que podía hacer por el mundo... Entonces se dio
cuenta de que estaba pensando en William Lowe. Y prefirió seguir
pensando en su abuelo.
Tyler rió quedamente, aunque sus ojos eran los de un maníaco ahora.
-
Cambiaremos el mundo. Arima nos mostrará la luz. Pero tú no lo
entiendes porque tu mente está sucia... Sucia como la de toda la gente
que vive en la Red.
- Solo devuélveme a Dominique. Luego podrás
intentar hacer las estupideces que quieras, lo dejaré en manos de los
Guardianes del Grupo A.
- No creas que no sé que Dominique es
necesaria para la Caída. No soy idiota. Ella es una parte instrumental
del plan y lo sabes muy bien.
- Si, lo se. Pero quizás. – Evan
sonrió. – Entonces hagamos las cosas del modo correcto y empecemos con
las preguntas de rigor, ¿Quieres?
Por un momento ambos guardaron
silencio. Con mucho cuidado (pero sin sutileza alguna) Evan dio un
pequeño tirón allí y otro allá. Era como hackear, pensó, pero había que
ser más cuidadoso y era infinitamente más complejo. Después de todo,
parecía ser que freírle el cerebro a una persona era más fácil que
atarlo a tu voluntad.
- ¿Que quieres saber? – Tyler entornó los ojos, se estaba resistiendo a los cambios.
- Primera pregunta. ¿Cuándo te enteraste?
- ¿De que? – Le respondió, apretando un puño. Evan comenzó a sentir las primeras puntadas de dolor, pero eran aún muy leves.
- Del plan para la Caída y de Arima.
- Hace un par de meses. Cuando me dijeron lo de los niños ella vino a mí. Me prometió que haríamos un mundo nuevo sin esclavos.
- Ya veo. ¿A dónde van?
-
A Treinta Cero. – Tyler le dirigió una sonrisa triunfante, y Evan se
sintió atrapado en un capítulo bizarro de X-men (Jay era un fan de
closet de los comics) con todo y duelo entre telépatas (quizás lo que
más lo preocupó es que no podía distinguir si el era Jean Grey o Emma
Frost).
- ¿Dónde queda Treinta Cero?
- ¡En medio del océano! – La
sonrisa se acentuó y tomo una calidad un poco cruel. – Ahora salte de
mi cabeza. Juguemos un poco en la tuya.
Por un momento, fue
simplemente una batalla de voluntades. En realidad, si deseáramos ser
un poco más técnicos, fue una batalla de comandos dados a Abel
directamente con el cerebro, y por lo tanto se trató de ver quien podía
enviar los comandos más rápido, pero eso también aplicaba como una
batalla de voluntades, o al menos así lo hacía en la mente de Evan así
que era más que suficiente.
- Pronto uno de nosotros estará echando
espuma por la boca. – Evan sonrió, las puntadas en la cabeza comenzaban
a molestarle un poco. – Esperemos que seas tú y no yo.
- Si no estás con nosotros, estás en contra, supongo. – Tyler rió. – ¿Que tanto puedes hacer después de lo que te hizo Arima?
- Te asombrarías, aparentemente puedo hacer más de lo que tú puedes... Y eso que solo tengo el setenta por ciento de mi cerebro.
- Ya deja esto, Evan. Sabes que lo que hace el grupo no está bien, lo puedo leer perfectamente en tu mente.
- Lo se. Pero la Caída va a matar a mucha más gente. Es una solución estúpida y lo sabes.
Otro
silencio comenzó. Por un momento Evan pudo jurar que cada cosa que el
cambiaba alguien la cambiaba de vuelta. Que cada idea que daba, era
contrarrestada por una idea menos lógica, y que eso no era la mente de
Tyler ni sus creencias, sino los dedos de alguien más desde el Tercer
Nivel, alguien con una gran capacidad...
- Arima... – Comprendió
finalmente. Ella estaba haciendo cambios en la mente de Tyler incluso
desde afuera de la sala donde estaban. – Maldición Tyler, ¡Arima esta
en tu cabeza!
Por un momento los ojos del mayor se iluminaron, antes de perder totalmente cualquier calidad humana.
- ¡Ya no me importa! ¡No viviré en un mundo hecho de mentiras!
- ¡Ella te esta usando! ¡Nos está usando a todos!
- ¡¡C-cállate!!
El
golpe de Tyler fue más fuerte de lo que Evan creía posible que fuera un
puñetazo virtual. Pensó, algo divertido, que quizás en el mundo real le
estaba saliendo un poco de espuma por la boca, pero claro eso no podía
saberlo con claridad.
Apretó un puño y observó de vuelta al
atacante, sus ojos estaban vacíos (y el si debía estar perdiendo
cantidades bastante copiosas de sangre por los oídos), pero no paraba
de reír mientras gritaba.
- Me mintieron.... ¡Todos me mintieron, axial que los voy a matar! ¡A todos!
- Aaah... – Su sonrisa se amplió un poco más. – ¡Ese es el punto...! Estas molesto porque te mintieron.
- Yo lo admiraba... Y el me mintió. Desde niño siempre quise crecer para seguir sus pasos.
-
¿A mi padre? Con razón. – Retrocedió un paso, si tenía un poco de
suerte Arima mataría a Tyler antes de que el tuviera que hacer nada.
-
El me mintió... Nos mintió a todos... El y su maldita Red, y sus
malditos socios y su maldita familia llena de fenómenos... – Dio un
paso hacia Evan con una sonrisa amplia en su rostro, todo su cuerpo se
sacudió, y el dolor en la cabeza de Evan empezó a volverse ligeramente
intolerable. – Ya no van a volver a mentirle a nadie. Todos
podremos acceder a todo y ver todo...
- Pobre Tyler... – Rió, aun a
pesar del dolor. Si podía detener a Tyler tendría que salir de allí más
rápido de lo que Arima podía entrar. Estaba en serios problemas y eso
normalmente lo hacía portarse bastante más sarcástico de lo normal.
- ¡¡¡Y voy a empezar por ti!!!
La explosión de dolor fue algo que Evan no esperaba completamente.
Tosió
un poco de sangre en la red y se preguntó si su cuerpo real estaría
sintiendo las consecuencias del esfuerzo. Si no detenía esto pronto
estaría muerto. En este momento (aunque luego le costaría mucho
admitirlo) le preocupaba mas que nada la integridad física de su
cerebro, y a duras penas podía recordar que también estaba el asuntito
ese sobre el fin del mundo.
Pero así son los humanos, ¿No? Olvidan todo una vez que tienen un problema propio.
Evan sonrió levemente. Quizás no eran tan diferentes, ¿Verdad?
-
Ah... Pobre Tyler... – Evan rió una vez más, intentando enfocar toda su
atención en lo que hacía ahora, este sería el único golpe que podría
dar, y debía bastar. – William Lowe te mintió... Intenta ser su hijo
entonces.
- ¡P-Puedes matarme, pero no evitarás la Caída!
- Ah,
cállate y no seas llorón. Te importa poco y nada la caída, o salvar
niños que ni conoces... Tu solo estás ofendido porque te mintieron.
La resolución en su rostro se quebró.
Tyler
se encogió y comenzó a temblar, y al cabo de unos meros segundos se
quedó quieto, muy quieto antes de desaparecer de la Red, de un modo no
muy diferente a una desconexión tradicional.
Por unos minutos Evan observó el lugar donde Tyler había estado.
Respiró profundo. Se sentía pesado, casi como si hubiera estado corriendo o haciendo ejercicio por horas.
Había matado a una persona.
Dio un paso hacia la puerta y comenzó las operaciones para abrirla, tenía que salir de allí antes de que Arima llegara.
Había matado a una persona.
Le
tomó tres minutos terminar de abrir el lugar. Estaba visiblemente por
debajo de su promedio, pero podía culpar al cansancio que sentía.
Había matado a una persona.
Abrió
la puerta y abrió los ojos en el mundo que conocía. Abel lo observaba,
parecía preocupado, y el resto también estaban a su alrededor. Tenía
algo frío en la frente y sentía algo líquido a los costados de su
cabeza.
Había matado a una persona.
Les sonrió y les dijo que necesitaba descansar un poco.
Era
una mentira, pero todos parecieron creerle. Le dirigió una pequeña
sonrisa a Abel, que contrariamente al resto parecía entender
perfectamente y se fue a dormir.