Interludio.
Historia de un Guardián: Sobre como Matheo vendió su alma al diablo.



Matheo tenía veintidós años y era Guardián.
No era un Guardián cualquiera, cabe decir, de todos ellos él era el más importante, era el que tenía más accesos y también el que tenía más capacidades.
Y además era el Guardián cuya fidelidad el Grupo tenía más asegurada.

Theo tenía dieciséis años cuando vendió su alma al diablo.
Lo hizo y lo volvería a hacer, eso se decía siempre, pero en cierto modo cada día que pasaba se sentía un poco más culpable.

Theo tenía doce años cuando mató a su hermana.
Bien, no la había matado realmente, pero si la había dañado irreparablemente.

Theo tenía once años cuando perdió a su madre.
Y aquí comienza nuestra historia.

Matheo Seymour era hijo de Helena Seymour y hermano de Sophia Seymour.
De su padre era mejor no hablar. O al menos así le habían enseñado a hacer las cosas desde siempre y él en ese sentido era bueno aprendiendo.
Vivían perdidos entre las montañas de un país llamado Inglaterra, y su primera experiencia de educación, y unos años después la de su hermana, corrió por las manos de Helena.

Para su cuarto cumpleaños su madre le obsequió la Red, y para el quinto una hermana.
En ese cumpleaños, su padre dejó de figurar en su historia, y después de ver a su madre sonreírle tristemente, el supo que nunca más volvería.

Matheo, o Theo como era conocido por familia y vecinos, adoraba a Sophia tanto como un hermano mayor puede querer a su hermana menor.
Hacían todo juntos, ya que no habían otros niños alrededor. Jugaban y hablaban, se ayudaban con sus tareas y ambos confiaban ciegamente en el otro.

Cuando Sophia cumplió cuatro años, ella también recibió la Red, y desde ese entonces el mundo fue de ellos dos. Recorrían los terrenos de la Red, viajaban a lugares que nunca podrían visitar de otros modos y aprendían cosas que su madre no les habría podido enseñar.

Theo tenía siete años la primera vez que vio un espíritu. Era una cosa de forma vagamente humana, un poco más pequeña que el y algo borrosa.
La primera vez que vio claramente a uno de ellos fue a los once años, durante el entierro de su madre. En esa ocasión Sophia también lo pudo ver, a pesar de que no había podido verlos antes, y aunque lo hablaron entre ellos ninguno de los dos dijo nada a nadie más.

Los siguientes años los pasaron en un orfanato perteneciente a la división Rhodes, donde Theo debió aprender a ser un adulto y casi no tuvo tiempo para entretenerse con otras cosas.
A pesar de ello los dos aprendieron sobre la Red con aquel espíritu, aprendieron a utilizar la Red con comodidad, casi como si fuera parte de ellos y se enteraron de que existían muchos más espíritus como él desperdigados por todo el mundo.

Se había presentado a ellos como Niall, pero años después aprenderían que su verdadero nombre era Andre y que era el Nodo principal de su área. Theo siempre se sentiría agradecido de que aquel espíritu los hubiera elegido en ese día.

Como la mayoría de los niños de su edad, ambos pasaban todo el día en la Red.
Habían encontrado infinidad de lugares donde pasar el tiempo libre, varios de ellos eran de acceso restringido, pero se sabe que los niños nunca se caracterizaron por ser prudentes en esas situaciones.

Ahora, varios años después, Theo no puede más que pensar que quizás se lo habían buscado.


Niall les había advertido de ciertas señales.
Anuncios y programas que limitaban el camino. Bordes que no debían ser cruzados. Y también les había dicho que tuvieran particular cuidado con ciertas señales de parte de los servidores y los Nodos, que podían volver la Red peligrosa.
Tristemente ese día los dos fallaron en prestar atención a cualquiera de esas enseñanzas, pero aunque ambos estaban juntos, y en un modo Theo estaba más expuesto, la que salió más lastimada de ese incidente fue su hermana.

Theo quizás nunca se enteraría de que los sucesos reales no habían tenido relación alguna con sus acciones o el lugar donde se encontraban.
Ese día la Red del área donde ellos se encontraban fue atacada por un grupo de terroristas que rompieron la conexión entre el Nodo secundario y el Nodo primario, causando una desconexión masiva.
Esa acción cobró más de veinte víctimas, y nadie logró encontrar una relación entre ellas para comprender porque unas personas habían sido más afectadas que otras.

Por supuesto, ese suceso nunca llegó a las noticias, pero desde ese día Theo había comprendido que debía vivir para compensar lo que le había hecho a Sophia. El no la había dañado directamente, pero si había insistido que se internaran más en lo profundo de la Red de lo que debían.
Los siguientes años cada vez que le preguntaran él les diría a los médicos que habían estado leyendo unos foros cuando los había atacado un hacker. Los médicos nunca dijeron nada para demostrar desconfianza, pero si le informaron que Sophia había perdido una gran parte de su memoria anterior y su capacidad de aprendizaje se había visto reducida drásticamente.


Comenzó a trabajar a los catorce años, en trabajos de medio tiempo para ayudar al orfanato a pagar los tratamientos y las escuelas necesarias para su hermana.
Poco antes de su cumpleaños numero quince Niall, que había crecido junto con Theo y Sophia, le dijo que debía marcharse pronto, porque tenía muchas cosas que hacer aún. Le prometió a Theo que volverían a verse, y en cierto modo cumplió su promesa. La siguiente vez que se vieron, Theo había vendido su alma y Niall había perdido una parte de su magia.

Sophia por supuesto cambió mucho también. Era como si hubiera vuelto a ser una pequeña de tres años y Theo se sabía culpable de ello. Cada día buscaba nuevos modos para compensar todo el daño que le había causado, pero no podía callar la pequeña voz en su interior que le decía que no había esperanza alguna.
Ella aprendía lo que podía, pero el caso era tan grave como los médicos lo habían predicho, o quizás más. Podía verlos negar con la cabeza cuando creían que no los veía, podía ver a las enfermeras susurrando por lo bajo cuando creían que dormía.

Theo también tenía catorce años la primera vez que vio al demonio.
Su nombre era William Lowe y en ese momento, con sus cuarenta y tantos, era el más joven del Triunvirato del Grupo A. Se presentó personalmente con Theo, para informarle que estaría siguiendo el progreso del caso de Sophia desde cerca, ya que el daño en la Red debía ser evitado a toda costa.


Dos años después, recibió la primera (y única) gran oferta del Grupo A.
William Lowe se la hizo personalmente un sábado por la tarde después de observar el expediente de Sophia con gran atención.
Explicó a Theo que la División Brand tenía un proyecto para intentar alcanzar la regeneración de las neuronas perdidas y la recuperación de las capacidades totales de una persona que sufrió un accidente en la Red.
Le explicó también que ese tratamiento era sumamente caro, ya que requería que la persona se encontrara en un ambiente especialmente diseñado y dedicado.
Desafortunadamente la capacidad monetaria para tal tratamiento no la proveía ningún seguro médico del país excepto el de los empleados del Grupo, y como si eso no fuera suficientemente maravilloso, para todos los que trabajaban allí el seguro era extensible a los miembros de la familia en primer grado.

Y por una casualidad realmente increíble, usó esas palabras de un modo juguetón, había una vacante en un puesto de importancia muy significante e ideal para alguien con sus talentos.
Con dieciséis años, Matheo Seymour firmó el contrato por el que vendía su alma al diablo a cambio de la salud de su hermana.
Le tomó un tiempo admitirse a si mismo que lo hizo con gusto y lo volvería a hacer tantas veces como hiciera falta, todo por ella, para remediar el daño que le había hecho, para utilizar la misma habilidad que la había lastimado en hacerle un bien…

Una vez comenzó a trabajar con el Grupo, se designó a la cabeza provisoria de los Guardianes como su entrenador. Quizás lo sorprendió un poco que tal título perteneciera al mismo Andre que él recordaba.
Con él aprendió sobre las reglas y las ordenanzas, y sobre las tareas de los Guardianes. Aprendió sobre como debía tratar al resto de las personas (para su sorpresa el trato era bastante afable entre superiores y subordinados), y aprendió sobre los niños detrás de los Nodos y los Servidores.
Finalmente Niall (el seguía llamándolo así y el joven no parecía molestarse por ello) le explicó la historia del lugar donde llevaría a cabo su tarea, una tarea de la que mucho dependía.

Matheo y Sophia aprendieron sobre Treinta Cero en el barco que los llevaba allí.
Niall los acompañó hasta la entrada, pero no pudo avanzar más allá. Al territorio de Treinta Cero solamente podían entrar los integrantes del Triunvirato, el Servidor Principal y su Sombra y finalmente el Guardián y su cohorte.


Matheo Seymour tenía veintidós años y hacía cuatro que era el Guardián Principal del Santuario de Treinta Cero.
Era el encargado de asegurarse de que nada rompiera el perfecto equilibrio del santuario, en sus manos estaban billones de personas que no podían vivir sin la Red, estaba Arianna, y estaba Sophia, que desde que habían entrado al Santuario parecía estar mejorando progresivamente.


Y ese era su trabajo en Treinta Cero.
El era el que debía observar que los Mandamientos no se rompieran.

Quinto Mandamiento.
Ninguna persona que no fuera apta o que no tuviera dos de las tres firmas podía ingresar a Treinta Cero.

Cuarto Mandamiento.
Ninguna persona que no estuviera debidamente autorizada con las tres firmas podía ingresar al Santuario.

Tercer Mandamiento.
Ninguna persona debía saber cual era el verdadero secreto del Santuario con excepción de las personas debidamente autorizadas.

Segundo Mandamiento.
Cualquier clase de irregularidad en el comportamiento de los habitantes de Treinta Cero debía ser reportada inmediatamente.

Primer Mandamiento.
Ante todo, debía proteger la vida de Arianna con la suya.


Para ser una lista de mandamientos era bastante pequeña. Los científicos que trabajaban en las áreas restringidas del lugar lo observaban con cierto respeto surgido del temor. Sabían que aquel hombre podía destruirlos con simplemente una palabra.

El no se sentía tan importante en realidad. Más bien se sentía insignificante cuando comparado con cualquiera de las otras personas en el lugar. Gente con estudios, con años de trabajo, y luego estaba Arianna que parecía ser solo una niña y podía superarlo sin intentarlo siquiera.

Pero el cumplía su trabajo de todos modos.
Cada mañana, cada tarde, cada noche, las dividía entre su trabajo y su hermana.
Y para el estaba más que bien.


Con cuidado pero sin dudas terminó de acomodar los libros en el Santuario, Arianna los sacaba de sus estantes cada un tiempo, pero Theo sabía que ella no los leía.

Observó al hombre de bata blanca y cabello blanco extraer con cuidado una muestra de sangre, los ojos rojos de la niña estaban fijos en Theo mientras trabajaba, y los del investigador se desviaban cada un par de segundos siguiendo la dirección de su mirada.

“La primera vez que vi mi sangre, me sorprendió que fuera roja.” Eso se lo había dicho Arianna después de la primera vez en que el había presenciado una de esas operaciones, que descubrió eran bastante más frecuentes de lo que creía.
El le había respondido que por supuesto lo era, ya que aunque era una muy especial, ella era humana. La niña lo había observado y luego aparentemente satisfecha había vuelto a sus tareas.


El hombre había terminado y eso lo distrajo de sus pensamientos. Se disculpó con Arianna y acompañó al científico, Olivier Bertrand decía su identificación, hasta la puerta.
De acuerdo al procedimiento accedió al Tercer Nivel, con la facilidad del que lleva años haciéndolo a diario, y con cuidado borró toda la información pertinente. La ubicación del Santuario, el aspecto del mismo, y el aspecto de Arianna entre otras cosas. Comprobó su trabajo dos veces antes de dejar ir al hombre. Aunque nunca había fallado hasta ahora, prefería no arriesgarse.

Miró la hora y comprobó que aun faltaban dos horas para que Sophia terminara su clase, así que volvió a entrar al Santuario, prestando atención a que nadie estuviera alrededor mientras lo hacía. El procedimiento estaba tan arraigado en su comportamiento que casi ni lo notaba.

Arianna estaba en su lugar, Theo no recordaba haberla visto levantarse de allí en su vida, excepto cuando alguien más la movía, usualmente los médicos que se encargaban de que sus músculos no se atrofiaran por la falta de uso.
Por el modo en que actuaba estaba probablemente demasiado sumida en la Red para notarlo allí, así que se tomó el tiempo para revisar los detalles del Santuario.
La habitación era demasiado blanca, estéril, pero aparentemente era el modo óptimo para que la mente de la niña se concentrara en su trabajo. Entre toda la habitación la única veta de color eran un par de dibujos en las paredes, hechos por Sophia. Aparentemente Arianna le había dicho que dibujar, y luego había sido trabajo de Theo conseguir que los autorizaran a ponerlos en las paredes.


- Matheo. – La voz de la niña rompió el silencio y Theo dejó de observar la habitación de Arianna para observar su espíritu que estaba de pie junto a él. – Dominique va a venir pronto, así que deberías acomodar todo. Tienes que dejarla entrar.
- Así será, señorita Arianna.
- Mi brazo. – Señaló en su monótono usual. – La extracción no fue correcta.
- Comenzaré la nota inmediatamente. – Le dijo mientras se acercaba para limpiar el brazo y asegurarse de que el músculo no se atrofiara.
- No, no hace falta. Olivier no parecía el usual hoy. Envíalo de vuelta a su casa. – Arianna se acercó para observar el trabajo de Theo en su cuerpo. – Pronto será el cumpleaños de Sophia. Deberías tener cuidado cuando vengan nuestras visitas.
- Lo se, pero es mi deber protegerla. – Le dirigió una sonrisa educada.
- Cuando te de la orden de que te retires, te retirarás. – Le respondió ella, con un tono que no dejaba lugar a quejas. – Soy tu superior.
- Así lo haré, señorita Arianna.

Ambos sabían que mentía, pero todo estaba bien.





< Previo       -       Índice     -     Siguiente >