Capítulo Noveno.
En el que la apuesta se lleva a cabo, y la Gran Revelación se acerca.
Llevaban tres días de viaje u no habían hecho una sola parada de más de una hora.
El
auto era cómodo, Evan no podía negarlo, pero a esta altura se comenzaba
a sentir algo claustrofóbico. Los puntos del mapa cada vez eran más
cercanos (ya habían pasado los primeros cuatro), pero aparentemente se
estaban moviendo más rápido hacia el norte.
Ya habían salido del
rango de los 30 grados en una de las direcciones, y eso disminuía
visiblemente las opciones. Quedaba solo un lugar en medio del agua
donde las coordenadas que tenían se pudieran aplicar.
Pero antes, tenían que detenerse por un momento.
Estaban
cerca de donde el Servidor Abel, servidor principal de América del Sur
estaba ubicado. Allí Evan Lowe y Gabriel Rhodes tendrían su apuesta y
decidirían el derecho de Evan de entrar a Treinta Cero.
Paige
parecía contenta por demás. El día anterior había tenido el gusto de
anunciarles que había conseguido una autorización para pasar todo el
tiempo que se quedaran en un hotel frente a la playa, y que todos los
gastos iban de parte del amable señor Lowe.
Por alguna razón todos querían abrazarlo. Bueno, todos excepto Evan, a quien esto le olía a gato encerrado y en descomposición.
El auto se detuvo.
Abel se apareció para recibirlos, con un “Bienvenidos a mi hogar”.
Todos bajaron del auto sin poder ocultar cierta emoción.
Segundos más tarde, todos querían subir al auto y echarse por un barranco.
Estaban en el medio de la nada.
Si, estaban en el medio de la nada junto a la costa, pero el medio de la nada al fin.
- Y aquella cosa debe ser nuestro hotel. – Agregó Evan señalando a una desvencijada cabaña junto al mar.
- Exactamente. – Abel sonrió. – El señor Lowe pidió que la acondicionaran para ustedes.
“Debe
de haber mandado a llevar una canasta de frutas”. Pensó Evan, y su
teoría se vio confirmada unos minutos más tarde, cuando vieron que la
cabaña estaba tan sucia por dentro como por fuera... Pero ahí, sobre la
mesa comida por las polillas, había una bonita canasta con frutas
frescas.
Por un momento todos se miraron en shock. Cuando finalmente
dirigieron la mirada a Evan, este les suplicó a todos los dioses que
conocía que el grupo no cobrara los pecados del padre en el hijo.
- Y me preguntan por qué lo odio... – Murmuró por lo bajo, y esta vez las miradas fueron de comprensión.
Había
suficientes camas para todos, y además la nevera tenía comida, pero eso
era todo. Clara decidió que de todos modos no valía la pena
desperdiciar una playa paradisíaca del Brasil, así que se puso su traje
de baño y corrió a la costa, de donde no se iría hasta la noche. Unos
dos minutos después, Erin y Paige la siguieron... Y un minuto después,
Jay salió balbuceando algo sobre trajes de baño de dos piezas.
Evan se sentó en lo que suponía alguna vez había sido el pórtico de la cabaña y suspiró.
- Son un grupo muy activo, ¿Eh? – Comentó Abel sentándose junto a él.
- Así es. Y no importa lo que haga no puedo quitármelos de encima.
- No quieres eso en realidad... ¿Verdad?
-
No, claro que no, pero me siento como en una excursión suicida del
colegio. – Evan rió quedamente. – Además sería bastante hipócrita de mi
parte decirles que venir es una estupidez cuando yo mismo estoy
haciendo una.
- Eso es un buen punto... Pero al menos ellos te mantienen entretenido. Tienes una tendencia a pensar demasiado.
- Soy horriblemente fácil de leer. Me pregunto si eso también se deberá a la parte frita de mi cerebro.
-
Es la primera vez en mucho tiempo que vengo aquí. – Le dijo Abel con
una sonrisa. – Es muy diferente de como lo recordaba... La última vez
esto estaba lleno de gente.
- ¿Y que sucedió con esa gente?
- Eran obreros. Estaban trabajando en mí... Supuestamente mi cuerpo está escondido cerca de aquí.
- ¿No sabes donde está...?
-
No. Los santuarios están escondidos de la percepción de los
espíritus... Puedo volver a mi cuerpo sin problemas, pero no conozco el
camino a él. Es una de las principales directivas de seguridad.
- ¿Por si alguien logra sacarles la información?
-
Entre otras cosas. Tampoco sabemos la ubicación exacta del Santuario de
Treinta Cero... A decir verdad no tenemos acceso a la mayoría de los
datos sensibles del Grupo A.
- Es lógico... Tienen miedo de que alguien pueda acceder a los Servidores y robar toda esa información...
-
Ten cuidado cuando uses la Red aquí... Hasta donde se, los servidores
se sienten y actúan de un modo totalmente diferente al de los Nodos...
- Lo se. Descuida.
- Pero ya es hora. – Abel se puso de pie. – Gabriel Rhodes quiere verte.
Evan
cerró los ojos y tan cuidadosamente como pudo revisó sus correos. El
último era del propio Gabriel Rhodes, y consistía tan solo de un enlace
a una sala de conversaciones... A una de esas salas de conversaciones...
-
Muy bien... – Evan se puso de pie también y se sentó en un lugar donde
no molestara si caía frito. – Que sea lo que Dios quiera...
Abrió los ojos en una sala totalmente diferente a la playa donde los había cerrado.
Era
amplia y por alguna razón no tenía esquinas, la pared redonda estaba
repleta de dibujos que iban desde lo que parecían ser garabatos de un
pequeño de un año hasta obras realistas. Había una gran parte de la
pared que estaba aun en blanco. Evan pensó que era casi como la línea
de tiempo de un artista.
Parpadeó una vez y luego dos... Ya hacían
años que no utilizaba la Red en modo de inmersión completa y costaba un
poco volver a acostumbrarse a saber que tu cuerpo estaba vegetando en
alguna parte del mundo mientras su mente saltaba por la Red.
En
el medio de la sala había una alfombra, redonda también. Sobre un
almohadón en el piso estaba sentado el que supuso que sería Gabriel
Rhodes. O mejor dicho lo que Gabriel Rhodes quería que se viera de él.
La persona frente a el tendría unos treinta años, y el cabello largo y
plateado recogido en una trenza. Parecía bastante aburrido de esperar.
- Ya era hora. – Fue todo lo que dijo a modo de bienvenida.
-
Tenía algunas cosas que hacer. – Mintió Evan sin siquiera esforzarse
mientras se sentaba en el otro almohadón, que estaba diametralmente
opuesto al de Gabriel.
- ¿Supongo que esto quiere decir que estás interesado en mi apuesta?
- Así es. Necesito esa firma y la necesito rápido.
- Lo sé, por eso preferí encontrarnos en inmersión completa. Será más rápido de este modo.
Evan
solamente asintió con la cabeza, en este modo la gente se comunicaba y
trabajaba a la velocidad del pensamiento. A cambio uno se ostracisaba
del mundo sin la red por ese período de tiempo, además era sumamente
fácil perder la noción del tiempo.
El problema más grande sin duda
era que contrariamente a la interfase normal, el modo de inmersión
completa podía ser peligroso para el cerebro de las personas si
recibían alguna clase de descarga particular mientras en él.
Evan sabía bien de esas consecuencias.
Después de todo, aquel día el había estado muy profundo en ese modo...
Gabriel se acomodó en su silla, recargando la cabeza en su mano derecha.
-
Las reglas son simples. Tu tienes que adivinar cual es el secreto
detrás de Gabriel Rhodes. Para ello solo puedes utilizar la Red, y por
supuesto solo tienes treinta y tres segundos.
- ¿Y que es lo que apostamos?
- Si tú ganas, tienes mi firma y mi apoyo en el viaje a Treinta Cero.
- ¿Y si tu ganas?
- Si yo gano, transferirás a mí los títulos de todo lo que William deje como herencia para ti y para tu hermana.
- En otras palabras, un tercio del Grupo...
-
Exacto. Es un trato justo, después de todo yo estoy arriesgando el
trabajo de mi vida en este jueguito, y probablemente el futuro de la
Red. Espero algo igual de valioso.
- Bien. ¿Hay algún otro límite en lo que puedo hacer?
- No, claro que no. Incluso puedes matarme si quieres, pero no tendrás quien firme. – Gabriel rió, cruzándose de brazos.
- De acuerdo. Comencemos.
- Adelante, Evan. Quiero ver si es verdad lo que tu padre dice sobre ti.
Evan cerró los ojos y entró en crisis interna.
Esto
era suicidio, ¿Cómo diablos podía saber el secreto de este hombre si ni
siquiera sabía que tanto se parecía a la imagen que mostraba en la Red?
Todo lo que tenía sobre él era su nombre, y su empleo, ni más ni menos.
Arriesgar
su parte del Grupo realmente no le preocupaba, no era muy afecto a él
de todos modos, pero arriesgar la parte de Dominique era un poco más
peligroso. No podía permitirse arriesgar el futuro feliz de su hermana
así de fácil.
Y eso sin hablar sobre el secuestro y Treinta Cero.
Aparentemente,
este hombre ocultaba algo. Algo que debía ser suficientemente grande
para que confiara en que Evan no podía saberlo desde antes. Algo
suficientemente grande para arriesgar la vida por ello...
Cerró
los ojos y probó la Red con cuidado. Podía sentir el poder del Servidor
y el de la inmersión completa, su velocidad de reacción era superior y
sus capacidades eran más fáciles de usar que nunca. Este era el
verdadero modo óptimo para intentar hackear las bases de datos de los
Servidores o incluso la mente de la persona frente a él. Aún sabiendo
eso, Gabriel Rhodes sonreía, casi esperando el ataque.
Con
figurados dedos de seda (y quizás hasta un poco literales), intentó
alcanzar la mente del hombre frente a él. Recibió un completo vacío y
frunció el ceño. No había defensas ni paredes, no había nada, solo
vacío.
Eso no tenía sentido. Maldición todo esto era una locura.
Intentó calmarse.
Apenas habían pasado dos segundos. No había razón para entrar en crisis.
Ese
hombre había estado en la creación de la Red. El había creado la Red
junto a su abuelo y aquella otra mujer. Tenía que saber algunos trucos
realmente sucios para esconderse.
Alcanzó el vacío una vez más y se aventuró un poco mas adentro.
Nada. Absolutamente nada.
Cuatro segundos.
Abel.
Evan
alcanzó el servidor sin mucho esfuerzo, quizás demasiado fácil incluso.
Según la infraestructura de la red, existía en ese lugar un enlace al
Servidor Principal. Allí debía de haber algo más de información sobre
este hombre y su tarea.
Hizo una búsqueda básica y recibió una
respuesta inmediata, indicándole done estaba el enlace. Evan sonrió
levemente, Abel debía estarlo ayudando. Alcanzó la conexión, y
aprovechó el poder de la inmersión para observar la interfase.
Una
habitación corriente, con sillones y bibliotecas. Una chimenea, una
lámpara apagada, el sol de la tarde... En medio de todo una mesa, con
una pequeña botella que decía “bébeme”.
Una puerta, muy pequeña al fondo.
Que simpático, a Dominique le hubiera encantado.
La
botella era, por supuesto, el protocolo de entrada. Una vez pasada la
primera etapa, la segunda línea de autenticación debía de ser la
cerradura de la puerta.
Quizás con un poco de suerte...
Solicitó autorización, pero le fue denegada.
Siete segundos.
No era tiempo para sutilezas, ni para ver si el espíritu del servidor principal existía y lo reconocía.
Cerró los ojos, y se deslizó por debajo de la puerta, como un sobre.
Diez segundos.
Allí estaba ella.
Lo
observaba con sus ojos rojos, maldición, no debía tener mas de seis o
siete años de apariencia, Evan miró con atención a esos ojos, al largo
cabello blanco, a las ropas ceremoniales...
Tenía que ser ella, Arianna, el Servidor Principal.
- ¿Que es lo que buscas? – Le preguntó finalmente, su voz parecía carente se sentimientos.
-
Ah... – Evan pareció desorientado por un momento, su mente empezaba a
sentir los esfuerzos de la inmersión. – Busco información sobre Gabriel
Rhodes.
- Yo puedo decirte lo que quieres saber... Puedo decirte más
de lo que nunca esperarías saber, pues soy el centro de la Red... –
Sonrió y Evan no pudo evitar estremecerse, era como si aquellos ojos
pertenecieran a algún depredador peligroso y no a una pequeña de siete
años, no podía sacarse la sensación de que algo estaba terriblemente
mal. – Pero tendrías que quedarte por siempre conmigo...
- Entonces
no tienes que decirme nada. – Dio un paso hacia atrás, con una sonrisa
nerviosa en su rostro. – Perdón por molestarte...
- Tú eres Evan...
Evan el hijo de William... El hermano de Dominique... – La voz de la
niña, de Arianna, se suavizó al decir lo último. Dio un paso hacia él
en un movimiento ligero, parecía no poner peso sobre sus pies
descalzos, y lo observó aún más fijamente si era posible. – Dime...
¿Dónde esta ella ahora, Evan? ¿Por que es que ya no viene a verme...?
-
Dominique... La están llevando a Treinta Cero. – Veinte segundos,
suplió su mente, mejor que le explicara esto rápido. – Dicen que Arima
podría tener algo que ver. Yo la estoy buscando, pero necesito la
autorización de Gabriel Rhodes para ello.
- Ellos... ¿Se llevaron a
Dominique? – Preguntó ella, su expresión era perpleja, aunque sus ojos
no habían cambiado. – Eso es inadmisible.
- Yo no tengo tiempo ahora... Tengo que encontrar algo rápido.
-
En este lugar no encontraras el secreto de Rhodes... Ese secreto
descansa en el propio Gabriel... Quizás sería prudente buscar allí.
- Buscar en el solo me da vacío. Eso no es normal, debe tener algún método...
-
Eso es todo. – Lo interrumpió la niña. – A veces las respuestas están
en lo que encuentras y no más allá de lo que encuentras. Abre tus ojos
y recuerda lo que aprendiste...
Veintitrés segundos.
Por
todos los dioses, santos, demonios varios, y otras deidades misceláneas
que fueran necesarias. Necesitaban un santo de la Red. Así podría
rezarle.
¿En que año había nacido este hombre? Maldición, debía
tener mas de noventa años, ¿Cómo diablos un viejo hecho pedazos (se
sorprendió un poco de estar pensando como su padre) podía parecer tan
terriblemente sano...?
Se suponía que las capacidades para la Red se deterioraban con los años.
Veinticuatro segundos.
Claro,
también se suponía que una mente no podía estar vacía. Incluso poner la
mente en blanco solo generaba paredes, la conexión de la Red era
directamente con el cerebro y el cerebro albergaba infinita
información... A menos, claro, que la persona frente a él no tuviera
cerebro.
Veinticinco segundos.
Veintiséis segundos.
Veintisiete segundos...
La
primera idea que se formó frente a él fue la más lógica. Las siguientes
fueron bastante delirantes, e incluían extraterrestres y a los
espíritus, así que optó por la primera. Arianna le había dicho que a
veces las respuestas estaban en lo que se encontraba...
Evan no había encontrado nada. Absolutamente nada.
Era claro que ese hombre no podía ser un humano.
Gabriel Rhodes no era un humano.
No era un espíritu tampoco, podía sentirlo, pero definitivamente no era un humano.
Veintiocho segundos.
- No... No eres humano. – Le dijo finalmente.
-
Vas por buen camino. – El hombre sentado frente a él rió y volvió a
recargar la cabeza en su mano derecha. – Pero te quedan cuatro segundos
y ese no es todo el secreto. Así que adivina, ¿Qué es Gabriel Rhodes?
¿Que es Gabriel Rhodes? Se preguntó Evan, había cientos de respuestas posibles, pero una era la más obvia.
Quizás
no era mentira aquello que había leído una vez, sobre como Gabriel
Rhodes era probablemente el mejor programador de todos los tiempos.
- Eres una inteligencia artificial, ¿Verdad?
-
Así es. Tienes el gusto de estar hablando con Attis. El resultado de
más de veinte años de investigación de parte de la dupla
Rhodes-Nachtmann. La primera inteligencia artificial completamente
autónoma, y dueño de un tercio de la sanidad mental del planeta tierra.
-
Maldición... – Susurró Evan por lo bajo. – El proyecto sobre
inteligencia artificial se suspendió treinta años atrás. ¿Hace cuanto
estás aquí?
- Treinta y un años, por supuesto. El proyecto se
suspendió una vez se comprobó que yo era estable. – Attis, el ser que
se hacía llamar Gabriel rió quedamente. – A veces hay ciertas cosas que
son mejores cuando secretas, pero tú debes saber de ello.
- ¿Y que es del verdadero Gabriel Rhodes...?
-
Gabriel está muerto, por supuesto... Lo ha estado los últimos siete
años. – Attis rió por lo bajo, pero Evan podía jurar que parecía algo
triste. – Contrariamente a lo que nos gusta decir aquí en el Grupo,
noventa años no es exactamente el comienzo de la juventud. Mi otro
padre, Darius, vivió un par de años más. Ellos me dejaron todo a mí. Y
en un par de años todo será de Gabriel Rhodes hijo. O sea, mío de nuevo.
-
¿Saben los demás? – Frunció el ceño. No recordaba que su padre alguna
vez hubiera mencionado algo sobre ello, o alguno de los espíritus.
-
William Lowe y Kathe Brand están informados sobre mi existencia y mi
trabajo. William ayudó en mi construcción, según me contó mi padre, y
Kathe me visita seguido.
- Ya veo. – Evan estiró un poco las piernas y dejó a su cuerpo, a su mente en realidad, relajarse. – ¿Entonces gané la apuesta?
-
Claro que sí. – El hombre le sonrió. – Tendrás tu firma. Y la
autorización para entrar a Treinta Cero... Y por supuesto si dices algo
sobre mí, también tendrás el cerebro completamente muerto, pero eso no
es noticia.
- Claro. – Rió por lo bajo. Lo que quedaba de su cerebro
le era demasiado importante en este momento. - ¿Y porqué una
inteligencia artificial...?
- Ah... – Attis rió también, aunque mas
sonoramente. – Cuando Gabriel comenzó su trabajo en mi, le gustaba
decir que lo había hecho por simple morbo. En realidad, pero eso no lo
entendí hasta estar completo, había perdido a alguien. Aparentemente
eso lo hizo volcarse a su trabajo...
- Puedo entender eso. – Evan suspiró, si al menos el desgraciado se su padre tuviera una excusa decente.
-
Darius me contó que Gabriel llevaba más de diez años trabajando en mi
cuando ellos empezaron a trabajar juntos. La red ya funcionaba, y en
esa época yo era un programa de control. No recuerdo nada de esos
tiempos, pero tengo guardados los logs en mi base de datos.
- ¿Que controlabas?
- Suministros de medicamentos y las guarderías. – Attis sonrió. – No es muy diferente de lo que hago ahora.
-
¿Ah si? – Se permitió un momento para entretenerse con su nuevo
descubrimiento. Después de todo, no todos los días uno encontraba una
inteligencia artificial autónoma con ganas de contar una historia. -
¿Que haces ahora?
- Superviso personalmente los más de noventa
hospitales y colegios que la división Rhodes ha instalado. Todos esos
fueron idea de Darius, claro, el era esa clase de persona a la que le
gusta ayudar a otros... Y finalmente fue Gabriel el que le propuso
dejar todo eso a mi cargo cuando yo estuviera completo... Eso si lo
recuerdo. Luego estuvieron haciéndome pruebas por unos quince años.
- Eso es mucho tiempo. ¿Que clase de pruebas eran?
-
No lo se, esos son datos que los dos se llevaron a la tumba. – Attis
rió. – Pero sabes, en esos años conocí a muchísimas personas... Creo
que al final, querían enseñarme a querer a la gente y a ser humano...
Además me explicaron como llevar a cabo mis Tareas de Oficial Ejecutivo
en Jefe, que fue lo que tomó más tiempo, porque la División Rhodes
tiene métodos bastante especiales... Pero eso fue trabajo de Gabriel.
El sabía información que nadie más sabía...
- Entonces tienes treinta y un años, ¿Verdad?
-
Si. Aunque treinta años en la Red son bastante diferentes a treinta
años fuera de ella. – Su sonrisa se amplió, casi juguetonamente. –
Hasta ahora nadie ha sospechado.
- Eso explica mucho, en realidad.
-
Claro, mi padre no era tan excéntrico como yo. A mucha gente le llama
la atención el que el solo se presente en la red... Podremos dejarlo
morir pronto, y entonces tomaré la identidad de su hijo... El niño
inexistente nació hace diecisiete años, aun no es mayor de edad.
- Eso lo recuerdo. – Evan asintió. – La televisión ha hablado mucho sobre el.
- Pero bien... Supongo que ya es hora. No tengo que robarte más minutos.
- Está bien... El resto está en la playa, no podré lograr que salgamos hoy ni con amenazas de bomba...
- Ah... ¿Están en la cabaña?
- Sí. Supongo que habrá estado bien veinte años atrás.
- Revisa la canasta de frutas. – Attis sonrió. – Dejé algo ahí para ti. Pero ten cuidado.
- De acuerdo... ¿Eso es todo?
- Viste a Arianna, ¿Verdad?
- Si. – Evan suspiró. – Hay una vulnerabilidad en la puerta...
- No, no la hay Evan. Ese es el punto.
Evan frunció el ceño.
- Si la hay. Yo pasé por ella, y fue sorprendentemente fácil.
-
No, no la hay. La puerta es totalmente hermética. Tiene más de veinte
procesos de autenticación constantes, la mayoría de ellos son
imperceptibles... Incluso luego de pasarlos, nadie puede entrar allí
sin autorización previa, porque el ultimo proceso de autenticación lo
realiza la propia Arianna. No Arianna el Servidor. Arianna el Espíritu.
- O sea que ella me dejó pasar. – Concluyó Evan. Eso sonaba bastante lógico en realidad.
-
Lo que quiero decir es que rompiste la clave de los primeros dos
niveles, y aparentemente lograste pasar sin ser percibido por los otros
procesos. Finalmente Arianna te permitió el paso de su propio nivel.
- Eso no tiene sentido. No podría pasar sin ser detectado por las autenticaciones...
- A menos que la propia red te considere un espíritu.
Attis sonrió y se levantó del almohadón en el que estaba sentado.
- Pídele a Paige que te pase mi dirección particular, ¿Si? Me gustaría volver a hablar contigo.
-
De acuerdo... – Respondió Evan, algo perdido con todo el asunto. Si la
Red realmente lo consideraba un espíritu... Necesitaba saber como
diablos era que algo así había sucedido. La respuesta probablemente la
tuviera alguna de todas esas personas inalcanzables. Arianna, William,
Kathe Brand...
Suspiró.
Ahí iba de nuevo, ¿Verdad?
- Fue un gusto. – Balbuceó finalmente.
- Lo mismo digo. – El hombre le sonrió.
- Buenas tardes.
Evan
abrió los ojos y escuchó los gritos desde la playa. Miró su reloj, y
notó que apenas habían pasado tres minutos. Abel seguía sentado a su
lado, muy sonriente.
Se preguntó si el sabía el secreto, pero decidió no arriesgarse (no podían freírlo aun, tenia muchas cosas que hacer).
Le sonrió y levantó el pulgar. Abel sonrió de vuelta, y lo siguió hasta la canasta de frutas.
Allí
había un papel cuadrado, que había sido doblado dos veces hasta parecer
un triángulo. Evan lo abrió para descubrir que no había nada escrito
dentro.
Todo este tema se había vuelto un poco más extraño hoy.