Capítulo Octavo.
Sobre la partida, una apuesta, y el truco de los espíritus.



Antes de que se diera cuenta, su grupo había crecido visiblemente.
Había comenzado con él, Abel y Paige. Y por alguna razón que aun no podía entender, había llegado a ser él, Paige, Abel... Y el ochenta por ciento de la banda.

Jay se lo había tomado a modo personal. Si le habían robado su hermana a su mejor amigo y la habían borrado de la memoria colectiva, entonces era una ofensa personal y había que recuperar a esa niña. Además en su opinión personal Evan era totalmente incapaz a la hora de pelear, así que el se encargaría de golpear a quien hiciera falta.
Clara se ofreció a acompañar. Su punto fue que necesitarían a alguien que hubiera vivido por un tiempo en un área fuera de la influencia de la Red, y según su humilde opinión esa persona era ella. Además su novio era un idiota, así que necesitaban que alguien lo calmara y lo pusiera en su lugar.
Y finalmente Erin había decidido que si esta persona era suficientemente importante para ser parte de la agenda, era suficientemente importante para ir a arriesgarse por ella.


Ahora era cuando Evan comenzaba a dudar de las posibilidades de que esto fuera real.
Tenía un grupo, un auto (y vaya auto, por todos los dioses, Evan no entendía nada de motores, pero sabía que esa cosa parecía más amplia que una camioneta familiar, pero podía correr el doble de rápido), había un traidor, la princesa secuestrada, el castillo oculto, querían detener el fin del mundo...
Se preguntaba si esa era la clase de cosas que soñaba la gente que se dormía en la Red, y si por eso era que a Dominique le gustaba tanto hacerlo.

También se preguntaba cuando era que su vida había ido de una vida corriente aunque un poco bizarra a una vida bizarra aunque un poco corriente, y como diablos era que se podía volver atrás para recuperar su normalidad perdida.

Y en parte se preguntaba hasta que punto quería cerrar los ojos e ignorar todo esto.

Que diablos.
Estaba sobrerreaccionando de nuevo, después de todo el que su vida fuera extraña y bizarra no era nada nuevo. En serio no tenía idea de que parte de su cerebro había salido la idea de que alguna vez había sido diferente, pero estaba seguro de que era en alguna de las partes muertas que ya no pensaban.

Su nombre era Evan Lowe. Había nacido hijo de William (remaldito) Lowe, y de Agnes (sin pasado alguno) McBride.
Vivía en un mundo donde la gente se conectaba a una red neural mundial con solo un pequeño baño de químicos inofensivos.
Su hermana y el veían fantasmas en la red. Una vez uno de esos espíritus le frió el cerebro, y casi lo asesinó por “internarse en el terreno de los dioses”. Y esos fantasmas aparentemente eran investigados por el Grupo A, dueños e inventores de la Red.
El Grupo A, del que él era heredero por ser el único hijo de William.

Si vida nunca había sido normal.

Evan Lowe no era tan iluso.
O al menos intentaba no serlo.

Suspiró y se dio cuenta que desde que todo esto había empezado él estaba suspirando mucho.
Se tiró del cabello y golpeó la cabeza contra la almohada.

¿Porqué diablos no habían salido ya? (porque era peligroso) Maldición, supuestamente era aún más peligroso que estuvieran llevando a Dominique a Treinta Cero. (El Grupo los demorará allí) Y si no llegaban a tiempo todo se iría al demonio.
Porque solo Dios y el Triunvirato sabía que era lo que escondían allí además del Servidor...

No hace falta decir que esa fue una noche larga.
Partieron rumbo al Curso de Capacitación Especial para la Operación de Servidores el miércoles por la mañana, bajo el cuidado de Paige, y con la completa y total abalanza de William Lowe, quien se había encargado de los certificados y las invitaciones falsas personalmente.

La Banda salió convencida de que Dominique había sido secuestrada por algún motivo relacionado con William. Evan prefirió mantenerlos ignorantes de los espíritus por un tiempo más a modo de seguridad.
La versión oficial para ellos, era que el secuestro de Dominique estaba relacionado con las muertes de los siete científicos, y que inclusive él no tenía idea sobre que diablos era lo que estaban investigando.
Iban a buscarla porque no se podía saber que era lo que estas personas estaban buscando. La policía no haría nada bien, y Evan no pensaba confiar en el Grupo para salvarla.
Todos parecieron más que satisfechos con esa versión, pero en el fondo Evan sabía que pronto no sería suficiente con eso.


Mientras el auto se dirigía hacia el primer punto donde habían tenido contacto con Dominique cortesía de su avanzada inteligencia artificial, el grupo decidió que era hora de observar los hasta ahora seis puntos en el mapa, para poder determinar la dirección en la que estas personas estaban moviéndose.
- Y este es el punto final. Se mueven de modos irregulares. – Concluyó Evan, mostrando el mapa al grupo. Paige parecía enfrascada en una conversación por la Red, pero el resto observaban atentamente.
- Parece un gusano. – Bueno, excepto Jay, pero su contribución fue ignorada.
- Podrían tener contactos en esos lugares. – Sugirió Clara luego de un golpecito sutil en la pierna de su novio. – Quizás estén cambiando de automóviles...
- Además no están pasando por ciudades grandes. – Apuntó Erin. – Deben estar evitando algo en ellas...
- Probablemente estén evitando a la gente del Grupo. Después de todo, es obvio pensar que se pondría a todo el mundo en alerta después de algo así.
- No si conocen a mi padre. – Interrumpió Evan. – Por eso es que nos estamos moviendo después de todo.
- Entonces todos esos puntos tienen algo en común. – Concluyó Jay, que parecía más entretenido en cambiar los canales del televisor que es ver los puntos del mapa.
- Son todos lugares fuera de nuestra área de influencia. – Indicó Abel, casi matando a Evan de un infarto en el proceso.
- ¡Maldición Abel! ¿Cuántas veces tengo que decirte que tienes que aprender a avisar antes de hablar? – Lo reprendió en voz alta inconcientemente, lo cual le ganó unas cuantas miradas extrañadas.
- Lo siento. – Abel sonrió. – Pero no parecía que nadie se estuviera dando cuenta.
- Podrías haber aparecido primero y decirme las cosas luego. Quizás llamarme la atención, algo...
- Ah... No me di cuenta. – Abel le obsequió una sonrisa un poco vergonzosa y dirigió la mirada al grupo. – Pero sabes... Creo que estás en problemas.
- ¿Que quieres decir con que estoy en...? – Evan siguió la mirada de Abel y suspiró.

Estaban a menos de veinte kilómetros de distancia de la ciudad donde vivían...
Y ya se había acabado el secreto.


Evan pasó las siguientes cinco horas explicando a su grupo la versión con espíritus de la historia. Paige gastó esas cinco horas confirmando los hechos que el contaba, lo cual afortunadamente sirvió para evitar que todos se pensaran que la terapia lo había dejado aun peor.
Finalmente se ofreció a pagarles el viaje de regreso apenas llegaran a una ciudad con estación, pero recibió tres negativas rotundas.
Jay se quedaría por principios, y le pegaría a un espíritu si era necesario. Clara se quedaría por curiosidad, había leído algo sobre espíritus en un foro y ahora se moría de ganas de saber más. Erin mantuvo su punto, nadie debía profanar la santidad de la agenda, y si Dominique estaba en ella, entonces había sido profanada.

Intentando disuadirlos, Evan les explicó que esas personas eran peligrosas y que no bromeaban, todos podían morir en este viaje, pero todos se quedaron.
Evan les explicó que  no tenía modo de defenderlos sino más bien lo contrario. No contaban con ayuda del Grupo y ni siquiera sabían bien que había en el camino. Todos asintieron y se quedaron.
En un último recurso desesperado, Evan les explicó que un espíritu casi lo había matado y lo había dejado permanentemente dañado físicamente sin necesidad de armas, y aún así todos se quedaron.

Suspiró.
No se iba a librar de ellos ni aunque tratara, ¿Verdad?


El mensaje de Dominique llegó pasada la medianoche.
“Sigo bien, hoy me compraron un helado. Hace dos días que no veo a uno de los hombres, pero tenemos uno nuevo con nosotros... Esta es su foto. Cuídate mucho.”
Evan observó la imagen nueva, por supuesto se trataba de otro tipo totalmente desconocido para él, pero tuvo cuidado de descargar esa y las otras imágenes para mostrarlas a sus compañeros.
Sería bueno tener más cuidado con el enemigo a partir de ahora.

Durmieron mientras la camioneta seguía avanzando y Evan se repartió horarios para hacer guardias con Jay.
Prefería ser un paranoico vivo que un tipo cuerdo y muerto.


Esa noche, mientras avanzaban además del mensaje de Dominique recibió un nuevo punto para marcar en el mapa, el que mantenía la irregularidad de los otros. Si ellos seguían derecho ahorrarían suficiente camino para alcanzarlos en tres o cuatro días.
A las cinco de la mañana, Paige abrió los ojos y se acomodó en su asiento. Dirigió la mirada y una pequeña sonrisa a Jay, que estaba montando guardia mientras atacaba una bolsa de papas fritas, pero no dijo una palabra.

Jay despertó a Evan a las seis y media, cuando las papas y la falta de sueño comenzaron a ganarle.
Paige le ofreció una sonrisa a Evan también, pero a su vez lo contactó por medio de la red.
- ¿Descansaste algo? – Le preguntó curiosa. Ciertamente no lo parecía.
- Algo, pero he estado esperando a que intenten tirarme por la ventana porque soy un loco.
- Ah... Eso no sería muy conveniente, considerando que eres el único que sabe a donde vamos. – Apuntó Paige. – Así que deben de confiar bastante en ti para no salir corriendo en pánico.
- Eso o no saben exactamente que están haciendo, eso es lo que más me temo...
- Si, tiene sentido.
- A esta altura no hace mucha diferencia. – Hizo una pausa y algo que había olvidado completamente se le vino a la cabeza. – Olvidé agradecerte por ayudarme con la explicación a todos ellos... Hubiera sido un infierno de lo contrario. Y ahí si estaría tirado en medio de la carretera.
- O en un manicomio. – Paige rió quedamente. – Pero era otra cosa lo que yo quería decirte.
- Adelante entonces. – Evan se acomodó en su asiento también y bajó un poco la ventanilla para dejar entrar el aire fresco de la primavera.
- Hablé con el señor Rhodes. – Le explicó. – Me dijo que hablaría contigo cuando llegaras a la proximidad del Servidor Abel. Supuestamente está en nuestro camino.
- Bien. ¿Parecía molesto o algo...? ¿Quizás predispuesto a mandarme al diablo?
- No. Sonaba bastante tranquilo en realidad. Casi como si supiera lo que iba a pedirle y no le molestara.
- Eso... Me hace sentir menos tranquilo.
- Dijo que haría una apuesta contigo, y que si tu la aceptabas y ganabas te daría la firma que necesitas... En tu lugar yo tendría mucho cuidado antes de decirle que si... El señor Rhodes suele ser muy cruel con esas cosas.
- Una apuesta entonces... ¿Te dijo algo sobre esperarnos para alguna fecha?
- Nada. Pero parece que está siguiendo nuestros avances con mucha atención.
- No podríamos esperar menos de una persona que lleva treinta años trabajando con mi padre.
- Ciertamente... – Paige rió suavemente. – Pero por ahora, debemos ir hasta Abel... Allí seguro te las arreglarás para conseguir esa autorización.
- Puedes tenerlo por seguro...

Evan observó el mapa y configuró el auto para que hiciera una pequeña parada.
La ciudad más próxima estaba a menos de media hora. Estaría bien para bajar, darse un baño y desayunar algo antes de seguir el camino. Quizás intentar convencer a la Banda de volverse a sus casas (y probablemente fracasar).

- Buenos días, Evan. – Saludó Abel en un tono mucho más bajo de voz del acostumbrado, apareciendo a su lado. – ¿Así está bien?
- Perfecto.
- Ah, buenos días a ti también Paige. – Agregó, sin recibir respuesta, por supuesto. Pareció perplejo por algunos segundos hasta que notó lo obvio y comenzó a reír.
- Vas a tener que arreglártelas de otro modo. – Le dijo Evan, a quien le costaba un poco aguantar la risa también.
- Segundo intento. – Abel asintió con la cabeza y volvió a mirar a la joven, que parecía completamente concentrada en ver los paisajes que pasaban. – Buenos días, Paige.
Esta vez fue el turno de ella de gritar.


Abel se sentó en uno de los asientos y movió un poco los pies, que a duras penas llegaban al piso. Le sonrió a Paige, que se veía completamente pálida, y luego al resto de la tripulación del auto, al que Evan cariñosamente había llamado “S.S. Suicidio”.
- Mucho gusto, - les dijo una vez se hubieron terminado de despertar. – Mi nombre es Abel.
- Así que este es el susodicho Abel. – Dijo Jay, cuya necesidad de decir un comentario era varias veces más fuerte que su shock.
- Sí. Y justamente en este momento estaba por preguntarle si tendría la amabilidad de explicarme desde hace cuanto que le es posible hacerse visible.
- Desde siempre, pero no estamos autorizados a hacerlo. – Abel sonrió un poco y se hundió en el asiento. – Ya sabes como es, políticas de la empresa.
- Políticas, claro... – Evan suspiró. – ¿Y ya recibiste autorización?
- No. – La sonrisa del espíritu se amplió. – Estuve pensándolo, y después de consultar al resto el noventa y seis por ciento de nosotros concordamos en que estamos bajo las situaciones previstas en la Ordenanza 358-B. Inciso F numeral Siete punto Uno.
- Claro. – Jay desde el fondo del auto asintió varias veces con la cabeza. – Ahora todo tiene sentido.
- A esa ordenanza la conocemos como “el paraguas”. – Intervino Paige con una risa, ya estaba mucho menos pálida. – En pocas palabras, dice que en caso de un suceso de Alerta Roja, podemos utilizar cualquier método que no quiebre una Ley establecida por el gobierno del lugar donde te encuentres, siempre que sea para beneficio del Grupo.
- Un modo sutil de decir que el fin justifica los medios. – Contribuyó Erin.
- Exactamente. – A cada minuto que pasaba Abel se parecía más y más a un niño, Evan estaba seguro de que el espíritu no cabía en si de la felicidad por estar rompiendo un par de los reglamentos con los que vivía siempre. – Hacerme visible no está en contra de ninguna ley, y siendo que están llevando a Dominique a Treinta Cero, estamos en una Alerta Roja.
- Tiene un punto. – Dijo Clara, que estaba totalmente encantada por el modo en que las cosas se estaban desarrollando.

El circo continuaba creciendo, se dijo Evan a si mismo.
Ahora Abel era visible, Clara se moría de la emoción, Jay parecía bastante ofendido porque su novia no le prestaba atención, Erin había comenzado a postergar citas en su agenda y Paige... Paige no decía nada, solo sonreía.

A esta altura todo lo que Evan quería era llegar a Treinta Cero y que se acabara esta locura.







< Previo       -       Índice     -     Siguiente >