Capítulo Quinto.
Sobre el tercer cambio, la historia de una breve locura y el comienzo de la espiral descendente.


Viernes, siete de la mañana.

Evan se conectó a la Red y abrió los ojos casi esperando ver el cielo de color verde.
Afortunadamente, el cielo seguía siendo azul. Desafortunadamente, no podía decir lo mismo sobre sus pantalones.

Se levantó de la cama y se puso sus nuevos pantalones negros.
Se terminó de vestir y salió de la habitación justo a tiempo para escuchar ruidos desde el cuarto de Dominique.
Se asomó con cautela, y lo recibió una visión que nunca creyó que podría ver.
Ahí estaba Dominique, observando su armario desconsolada, vestida con un precioso vestido negro, leggings blancas y zapatos a juego.
Dominique Anna Saez McBride. Vestida de negro.

Evan no sabía si reír, llorar, o entrar en pánico.
Dominique estaba haciendo las tres.


Le tomó a Evan unos minutos calmar a Dominique, que había comenzado a maldecir al universo por la masacre de su pobre armario. Armario inocente que nunca había lastimado a nadie con sus colores pastel y sus zapatos a juego.
Finalmente, Dominique se calmó y decidió que ya no dejaría que estas atrocidades siguieran sucediendo. Por un momento Evan quiso reír y decirle alguna tontería, pero notó justo a tiempo que aunque lo decía ahora, Dominique hablaba de lo que había sucedido el día anterior.

El sonrió y le prometió que comprarían ropa nueva.
Ella le sonrió de vuelta y le dijo que el no elegiría nada, porque tenía pésimo gusto.
La promesa seguía en pie.



Era sábado al fin y no había clases. Agnes ya se encontraba mejor y había insistido a su marido que la dejara preparar el desayuno. Tyler estaba extrañamente callado, para deleite de Evan y Paige parecía estar bastante ocupada con una de sus llamadas de la mañana. William no parecía estar en ningún lugar cercano.

Era la mejor mañana del último año.
Y aunque Evan no lo sabía, sería también la última mañana así de tranquila del resto de su vida.

El sábado tampoco trajo cambios, y por un momento Evan pensó que al fin se había terminado la locura. Desperdició su día perfecto escuchando música y mirando televisión.
Para su desgracia, el mundo le demostró que aquel sábado perfecto, no había sido más que la calma antes de la tormenta.

Y vaya tormenta.



El domingo comenzó con Dominique escabulléndose en la habitación de su hermano a las cuatro de la mañana, seguida por Arisa.
Luego de casi matar a Evan de un infarto al despertarlo, se sentó en su cama con una pequeña sonrisita misteriosa.
- Recién soñé de nuevo con ella. – Le dijo.
- ¿Te enteraste de algo...? – Le preguntó Evan apenas conteniendo un bostezo, ella rió.
- Si. Me dijo que pronto podríamos dejar de preocuparnos. Eso a decir verdad me preocupó un poco.
- Nos las arreglaremos, Dom. – Evan sonrió para calmarla un poco, aunque por dentro estaba tan nervioso como ella. – Solo debemos mantenernos en alerta y no dejar que nada se nos escape.
- También me dijo que debíamos tener cuidado. Los dos... – Dominique frunció el ceño. – Me dijo que ellos ya te habían lastimado antes. ¿Es verdad?
Evan evitó la mirada de su hermana por un momento. Nunca había esperado tener que hablar de este tema con ella en una situación así, pero aparentemente el día había llegado.

Al diablo con la promesa que le había hecho de a su madre de no contarle la historia completa. Al diablo con todo, si ese espíritu con forma de niña le había advertido a Dominique que tuviera cuidado, era su trabajo explicarle cuidado con que.
- Es una historia un poco larga. – Advirtió. – Y probablemente no te guste. ¿Aun quieres saber?
- Dime. – Respondió ella decidida. Se acomodó sentada a los pies de la cama, mientras Evan se recostaba contra la cabecera.

Respiró hondo.

- La historia empieza cuatro años atrás, cuando yo aún hablaba con los espíritus a diario a escondidas de mamá. Si recuerdas, el año siguiente fue cuando comencé a ir a la terapia aquella que no solucionaba nada… - Esperó la respuesta positiva de Dominique antes de proseguir. – En esa época estábamos en uno de los nodos de Francia, y de entre todos los espíritus que veía en ese tiempo, dos de ellos eran los más frecuentes. Nunca me dijeron sus nombres y yo tampoco les pregunté.
- Recuerdo a esos dos… - Dominique asintió con la cabeza. – Siempre estaban siguiéndote a todos lados.
- Sí. Ellos dos me enseñaron muchísimas cosas sobre la Red que nadie que no fuera parte de la Generación podría entender. Recuerdo que la chica siempre decía que algún día ese conocimiento me salvaría la vida. El chico siempre parecía preocupado, pero nunca lo noté hasta que fue demasiado tarde.
- ¿Qué clase de cosas te enseñaron?
- Me explicaron sobre las conexiones neurales y el estado mental necesario para poderlas emplear mejor… Y me hablaron sobre como era que se podía manipular la Red y hacer cambios en la interfase incluso cuando los cambios estaban bloqueados. Cambios del tipo de los que se están haciendo ahora.
- ¿Y sabes hacer todo eso…?
- Ellos me explicaron, pero nunca lo entendí del todo. Yo no era más que un niño y quizás por no querer hablar de esos dos espíritus con nadie fue que todo terminó así.
- ¿Qué pasó? – Dominique estaba ansiosa y nerviosa por escuchar el final de la historia. Evan sonrió levemente, en realidad se sentía un poco triste. Se preguntaba como tomaría su hermana todo eso.
- Las palabras de los espíritus pueden ser muy inspiradoras y lo sabes. A veces terminamos haciendo estupideces por escucharlos. Ese día yo intenté alcanzar aquel estado mental, el necesario para manipular la Red. Recuerdo que estaba en el jardín de casa, sentado bajo un árbol. Es divertido cuando pienso que si recuerdo la parte de eso que recuerdo, es porque fue una maraña de sentimientos inentendibles. Había intentado llegar a ese estado miles de veces, pero aun creo que ese día lo alcancé. Por un momento supe que si tocaba algo, podría cambiarlo a mi voluntad. Que si pensaba en algo podría cambiarlo a lo que yo quisiera…Quizás destruirlo también, o crear algo completamente nuevo... Recuerdo haberme preguntado si así se sentía ser un dios.
- Hubieras podido cambiar las cosas… - Confirmó Dominique. – Ellos pueden hacer eso también, si te enseñaron era porque podías hacerlo.
- Lo se. Y la verdad es que si la historia terminara ahí todo sería bueno… - Evan esbozó una sonrisa. – Pero no es así. Un espíritu más apareció cuando estaba concentrándome… Hoy en día apenas puedo recordarla, pero si se que era una niña… de unos ocho años. Y recuerdo sus ojos azules, pero la mayoría de los espíritus tiene ojos azules o verdes, así que es lo mismo que no recordar nada.
- ¿La reconocerías si la vieras?
- No lo creo. Pero si reconocería su voz. Recuerdo sus palabras perfectamente… Ella me dijo que el terreno de los dioses era para los dioses y que el de los humanos era para los humanos. Y que ningún humano era digno de caminar el camino a la divinidad… - Evan hizo una pausa y rió quedamente. – No recuerdo nada después de eso. Mama dice que me encontró encogido en la cama de su habitación y que aparentemente había estado sangrando por la nariz y los oídos por varios minutos antes de que ella llegara. 
- Esa persona te hizo algo... Pero no se supone que la Red sea capaz de afectar los cuerpos de las personas...
- Los espíritus van más allá de simplemente habitantes o usuarios de la Red. Sean lo que sean, no son inofensivos... Y no todos ellos están aquí para ayudarnos.
- Entiendo.
- Pero ese no es el punto. No te digo esto para que dejes de hablarles, sino para que tengas cuidado. Algunos de ellos no nos quieren en sus territorios y están dispuestos a lastimarnos. Ten cuidado cuando trates con ellos y nunca confíes completamente en que te ayudarán ni en sus palabras.
- Lo se, lo haré. Pero no entiendo la terapia. Si no pareces tener nada fuera de lo normal...
- Yo creo que toda la terapia fueron tres años de pruebas para ver si me había vuelto loco o si mi cerebro estaba frito. No podría decir si sirvió para algo más pero considerando que William fue el que la aconsejó, no lo pongo en duda.
- ¿Sabes que fue lo que te hizo ese espíritu...? – Dominique parecía curiosa, pero más que nada preocupada.
- Ni William ni mama me dijeron cual fue el diagnóstico del médico. Pero recuerdo haberlos escuchado murmurando algo sobre la integridad de mi cerebro... Ahora entiendes porqué tu hermano es medio tonto. – Evan rió. – Probablemente por eso sea que no recuerdo mucho de lo que sucedió. Nunca me interesó realmente.
- Deberías preocuparte por eso. – Lo reprendió ella. – Es tu cuerpo y deberías cuidarlo mejor.
- Lo se. Pero si hasta William optó por callar... Entonces quizás no quiera saberlo.
Dominique lo pensó por un momento y asintió. Entendía perfectamente a que se refería su hermano.
- De todos modos, nada ha cambiado. Tendré mas cuidado cuando elija con quien hablar y definitivamente no intentaré hacer cosas nuevas si no tengo a alguien que me cuide, pero aún quiero buscar a esa niña. Así que debemos descubrir donde queda Treinta Cero.
- Es bueno escuchar eso. – Evan sonrió, esa era su hermana, la más joven heredera de la terquedad McBride. – Y nada de hacer tonterías sin invitarme primero. Si me voy a meter en un lío, al menos lo haré bien.
- De acuerdo. Te avisaré antes de hacer cualquier cosa que tenga que ver con eso. Pero tú tienes que hacer lo mismo.
- Bien, es un trato. – Ambos estrecharon manos, completando el negocio. Ambos sabían más que bien que aquellas palabras valían por un juramento. Y ambos harían lo imposible por mantenerlo intacto.
- De todos modos, no te preocupes por mí. Arisa me cuida y yo me cuido también.
- Si, puedo confiar en Arisa.
- ¿Y no confías en mi? Eres el peor. – Dominique rió, dejándose caer en la rutina acostumbrada.
- Claro que no, solo mira a las horas que me despiertas. Eres un monstruo.

La discusión terminó como siempre, con un par de almohadas volando.



Durmió las horas que su madre le permitió, que no fueron muchas. Cuando se estaba despertando, escuchó a su hermana intentando convencer a su madre de que no hacía falta levantar a Evan de la cama, porque ella lo había estado molestando en la noche.
Sabiamente, hundió la cabeza en su almohada y siguió durmiendo.

Volvió a despertar después de dos horas, y buscó alrededor.
Nada. No había ningún cambio.

Tuvo un poco de miedo pero se recordó que el día anterior tampoco había habido cambios.

Bajó las escaleras tarareando
William estaba abajo, pero el lo ignoró, nada arruinaría su domingo perfecto.
O eso quería creer.

Para compensar su ausencia en el desayuno, ayudó a Ismael a preparar el almuerzo. Dominique se ofreció a preparar el postre. Tyler no estaba, Paige hablaba animadamente con Agnes sobre sus viajes por Egipto.

Todo parecía tranquilo. Y entonces los espíritus comenzaron a llegar.
El primero fue un niño al que Evan nunca había visto. La segunda una niña a la que había visto un par de veces. Terceros un par de gemelos. Luego se acercaron algunos de los que estaban siguiendo a William, de esos algunos se quedaron y otros no.

Al cabo de media hora, había más de veinte.

Al cabo de una hora, la cocina era un circo de espíritus.


Almorzaron como si nada. Si William notaba algo no lo decía. Dominique los miraba a todos, sonriente.
Evan sabía que se aproximaba el infierno.

Cuando terminó la comida, los espíritus siguieron a Evan, comentando entre sí.
Durante la tarde, se reunieron con los que seguían a William para cuchichear. Los que seguían a Dominique se acercaron también.

Evan simplemente no podía creer esto.



De todos los espíritus que vio en ese día, calculaba que tenían que haber sido más de cincuenta, el primero en acercarse fue Abel.
Lo hizo en la tarde, mientras Evan llevaba a cabo su tarea favorita de domingos y sábados. En otras palabras escuchaba música tirado en la alfombra de su habitación e ignoraba completamente a cualquier molestia, humana o espiritual que se le acercara. El niño traía de la mano a una pequeña que aparentaba no más de siete u ocho años, con brillantes ojos verdes y el cabello rubio recogido en dos coletas. Un precioso vestido blanco y un osito de peluche en su mano izquierda completaban el juego.
- Evan... – Lo saludó Abel. – Disculpa que te moleste, pero Alecia quería conocerte.
Alecia el servidor de Europa, suplió la mente de Evan. El frunció el ceño pero se sentó en el piso para ver mejor a sus dos visitas. El hecho de que Abel estuviera hablando en vez de simplemente enviar las ideas a su mente era toda una novedad para él.
- ¡Mucho gusto, señor Evan! – La pequeña sonrió y le dirigió una reverencia llena de gracia. – A-Abel me habló muchas cosas sobre usted y quería conocerlo.
- Mucho gusto, Alecia. – Le respondió el, hablando por primera vez.
- ¡Ah...! – La pequeña se ruborizó levemente y siguió tropezando con las palabras. – Y-yo ya tengo que irme. No puedo estar lejos de casa por mucho tiempo o la Red no va a funcionar correctamente...
- Ten cuidado, Alecia... – Se despidió Evan. La pequeña rió.
- Fue muy divertido, ¡Gracias Abel! – Agregó antes de irse. Y como todos los espíritus, Alecia cerró los ojos y simplemente desapareció.
Evan recordó lo que le habían explicado años atrás. Los espíritus se movían por la Red a la velocidad del pensamiento. Debía ser muy práctico eso de no tener cuerpo físico...
- ¿Qué les pasa cuando la Red está fuera de línea? – Pensó y no fue hasta que Abel le respondió que notó que estaba hablando en voz alta.
- Nada. Aunque los nodos se separen entre sí, siempre están funcionando.
- ¿Es decir que los espíritus son inmortales?
- No. A decir verdad, excepto casos muy especiales, la mayoría de nosotros no vive de este modo más de siete u ocho años. Luego abandonamos la Red... No he encontrado a nadie que pueda explicar exactamente a que se debe ese fenómeno, pero así es como sucede.
- Por eso son todos niños, ¿Verdad?
- Algo así. Decirte todo eso ahora sería peligroso... Para ti y para tu familia, así que no diré más.
- Entiendo. Una pregunta más. – Dijo Evan, acostándose en la alfombra de nuevo. - ¿Qué le pasó a esos científicos? Tú lo sabes. No se si lo viste o si te dijeron, pero sabes que pasó. Si estoy en peligro dime a que debo temer.
- Algo los encontró en la Red y se metió dentro de ellos. No entiendo como, porque se supone que para eso existen los tratamientos que se hacen cuando se comienza a utilizar la Red, pero lo que si sé es que ese algo abrió las puertas y luego se acostó a dormir. – Abel se sentó a su lado y lo observó.
- ¿Control mental por medio de la Red...? – Evan frunció el ceño. – Si eso es posible, entonces nadie está a salvo.
- Es imposible controlar la mente de alguien si no es bajo circunstancias especiales... Yo creo que hay alguien afuera que esta ayudando a hacer todas estas cosas.
- Hay muchas drogas que podrían dejar a una persona predispuesta a algo así... Pero esa clase de cosas se podrían rastrear en los cuerpos...
- Si es gente con acceso a un laboratorio podrían simplemente crear algo nuevo. – Respondió Dominique. Evan pegó un salto y Abel la saludó con la mano.
- La puerta está para golpearla, Dom...
- Llamé tres veces y no me escuchaste. – Replicó ella. – Además, las posibilidades de control mental sobre la red me incumben, mamá sospechará menos si yo estoy aquí dentro cuando hablo y así te ahorro tener que contarme esto luego... Ah, y quería saludar a Abel. ¡Hola Abel!
- Buenas tardes, Dominique. – El espíritu rió. – Es un gusto verte de tan buen humor.
- ¡Ah...! Lo mismo digo, aunque parece que las cosas se están complicando un poco...
- Ciertamente... ¿Un laboratorio, decías...?
- Claro. Donde puedan desarrollar una droga nueva.
- Sin embargo la única gente que tiene acceso a los métodos de A para los filtrados es la propia gente del Grupo...Y estamos hablando de personas de alto rango. – Interrumpió Evan.
- Nosotros no tenemos acceso a los niveles más altos del Grupo... Aunque eso no es sorpresa alguna. – Agregó Abel.
- Entonces por ahora estamos sin pistas... – Concluyó Dominique.
- Supongo que habrá que esperar a la siguiente muerte. – Evan sintió que un nudo se le formaba en el estómago. – Solo esperemos que no sea demasiado tarde...
- Ah... Abel... – Dominique miró al espíritu, con una pequeña sonrisa. – ¿Te puedo preguntar algo sobre un espíritu que quizás conozcas?
- Sabes que no puedo responder mucho, pero adelante.
- Es una pequeña... de unos siete años. Por aquí de alta, - le dijo indicando la altura con una mano – y de cabello largo y blanco... La he visto en mis sueños un par de veces...
- No se de quien me hablas. – Respondió Abel sin intentar disimular el hecho de que sabía y no podía hablar. – Pero si descubro algo te lo diré.

Los tres se quedaron sentados en la alfombra discutiendo por dos horas más. Al final fue el espíritu el primero en retirarse, y apenas el hubo salido, el resto de los espíritus comenzó a acercarse de nuevo.
Poco a poco, Dominique y Evan estaban cada vez más seguros de que el niño no había mentido cuando se había presentado como el espíritu del Servidor de esa área.

Y poco a poco, comenzaban a acercarse al misterio de los últimos sucesos.

Pero quizás ese, como muchos otros misterios, hubiera sido mejor si nunca lo hubiesen descubierto.







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