Capítulo Tercero.
Sobre el primer cambio, la salud de Agnes y los espíritus.
Evan despertó, se quejó un poco, se conectó a la Red y notó que las cortinas eran diferentes.
No
tenía idea cuando las habían cambiado. Miró para el costado y notó que
la madera de la casa también se veía diferente. El techo se veía
diferente...
Hacía dos días que William había llegado y tanto
Agnes como Ismael habían insistido en que él y sus acompañantes pasaran
los días en la casa en lugar de visitar un hotel. ¿Quizás las habían
cambiado para los visitantes? Sin embargo recordaba que las cortinas y
los materiales se veían iguales que siempre en la mañana del día
siguiente al que llegaron...
El espíritu que siempre estaba
junto a su cama se veía exactamente igual, pensó a modo de consuelo,
Evan no recordaba su nombre aunque lo intentara, pero el espíritu
parecía tan desconcertado como él mientras observaba los cambios.
-
¿Sabes que...? – Comenzó a preguntar cuando logró atajarse. Se recordó
mentalmente que no debía hablarles, que no debía darles importancia o
más de ellos vendrían. Negó con la cabeza y rápidamente comenzó a
cambiarse ignorando al espíritu.
Las cosas han cambiado... Le dijo
el niño, pero a esa altura Evan ya estaba dejando la habitación y
bajaba las escaleras rumbo a la cocina.
Dominique
intercambió una mirada con él apenas cruzó el umbral de la habitación.
Evan se detuvo por un momento, absolutamente perplejo al ver que, o la
población de espíritus de la cocina había crecido inesperadamente
durante la noche, o los espíritus del resto de la casa se habían
acercado a investigar.
De los dos días en los que William había
estado en la casa, Evan lo había visto diez minutos del primero y una
hora del segundo (no es muy diferente a cuando vivía aquí, había sido
su primer pensamiento). Sin embargo esta vez para variar un poco, su
presencia no lo irritó sino mas bien lo contrario.
Allí estaba,
William Lowe, sentado a la mesa. Y allí estaban, todos los espíritus
observándolo atentamente. Algunos de ellos incluso se atrevían a
tocarlo, o a hablarle aunque el no parecía escucharlos.
La
expresión de Tyler era la perfecta mezcla entre asustado a morir y
totalmente fascinado. Dominique estaba completamente encantada. Agnes
aun se veía algo pálida y finalmente Ismael y Paige parecían no notar
nada y continuaban con sus vidas normalmente.
Y William... Evan no
sabía exactamente que pasaba por la cabeza de su padre mientras lo veía
ahí, sentado muy tranquilamente hablando con todos sobre alguna cosa
que aparentemente había hecho en Australia.
Se preguntó si tenía
idea de lo que estaba sucediendo, si podía sentir o ver a los
espíritus, o si acaso podía deducirlo por el modo en que él, Dominique
y Tyler actuaban...
Evan se sentó a la mesa sin poder evitar sentirse un poco incómodo.
Sin
embargo toda esa incomodidad cedió y se convirtió en una especie de
alivio apenas notó que por primera vez en mucho tiempo, los espíritus
lo ignoraban completamente.
Sonrió.
Agnes
McBride de Saez cayó enferma a los dos días a las tres de la tarde.
Como muchas personas desde la llegada de la Red, ella trabajaba desde
su casa, y esa tarde mientras hacía sus tareas sus ojos se pusieron en
blanco y se desmayó.
Sus hijos esperaban que algo así sucediera
y habían preparado todo (incluso una Planilla alternativa) para evitar
que ella tuviera otras causas para que su salud empeorara. Cuando
sucedió Dominique se encontraba en la casa, así que fue la encargada de
llamar al médico.
El médico llegó a la casa en menos de dos minutos y le tomó otros dos definir que no se trataba de nada nuevo.
Las
defensas de Agnes eran anormalmente bajas. No había habido tratamiento
médico ni medicina que resolvieran ese hecho, según la mayoría de los
profesionales el problema era que había algo mal con su sangre;
aparentemente demasiados genes recesivos se habían unido para lograr
algo que la ciencia médica hasta el momento no había podido remediar.
Tanto
William como Ismael habían gastado fortunas en traer médicos de todo el
mundo, hasta que finalmente, William había decidido que el problema era
la casa.
Los tres discutieron posibles soluciones durante
varios días (por medio de la Red obviamente, el señor Lowe era una
persona muy ocupada), hasta que William les presentó un proyecto
desarrollado por uno de los científicos en la división de Brand en el
Grupo.
Y así era como habían terminado viviendo en una casa
experimental a prueba de virus, contaba Evan a sus compañeros cuando le
preguntaban por las particularidades de su hogar.
Por supuesto
aunque había mejorado la situación, la casa no era absolutamente
infalible y a veces algunos virus lograban entrar. Las visitas solían
traer toda clase de enfermedades, e incluso otras veces Agnes
simplemente se sentía débil y sufría desmayos.
Sus hijos estaban
más que acostumbrados a esas situaciones y tenían ciertos planes de
operación simples, que incluían prohibir a Agnes trabajar y esconder la
Planilla original. Durante esos días las dietas de todos cambiaban
drásticamente e intentaban evitar visitas. También sabían exactamente a
que médico llamar (tenían su teléfono privado) y cuanto tiempo después
de eso llamar a Ismael (aunque el no sabía de esa parte del plan).
Siguiendo
el plan, Dominique llamó primero a Evan, que se escapó de clases para
volver a casa. Luego ambos llamaron a Ismael a las dos de la tarde una
vez el doctor se hubo retirado, para explicarle el problema y
rápidamente decirle que todo estaba bien y que el médico simplemente le
había aconsejado reposo y unas medicinas suaves.
Como esperaban
Ismael apareció en la casa pasados cinco minutos con los medicamentos
necesarios. Había cancelado todas sus citas y reuniones de las próximas
horas, y parecía más que dispuesto a cancelar las de los próximos diez
meses si era necesario.
Esa era la simple razón por la que Evan
pensaba que este hombre era mejor marido y padre de lo que jamás sería
William. Dominique, por el otro lado, sabía que su padre no se calmaría
hasta que viera a Agnes, así que lo empujó a la habitación donde su
esposa descansaba tranquilamente en su cama.
Como era normal
Agnes lo reprimió severamente por dejar el trabajo por una tontería.
Como era normal el la miró con ojos de cachorrito mojado hasta que
Agnes simplemente no pudo estar enojada con él. Y como era normal, él
se quedó junto a ella el resto del día, le acomodó las almohadas, le
preparó la cena recomendada por el médico y la alimentó mientras ambos
reían como dos recién casados.
En la noche, Tyler se ofreció
a comprar la cena una vez más. Ambos invitados intentaron convencer a
Agnes de que ellos podían ir a un hotel esta noche para permitirle
recuperarse en calma, pero ella insistió. La casa era muy grande y se
sentía muy solitaria, les dijo, pero la verdad era que Agnes
simplemente adoraba las visitas.
Por supuesto los dos jóvenes
eran personas ocupadas. Pasaban la mayoría de la tarde afuera de la
casa, trabajando o recorriendo la ciudad. Paige llegaba tarde en la
noche, pero Tyler siempre llegaba aún más tarde, explicándoles que
hacía parte de su trabajo en la noche.
Fue por eso que tanto Evan como Dominique olieron gato encerrado cuando ese día Tyler llegó antes de las diez de la noche.
Las sospechas de Evan se confirmaron esa misma noche, en el corredor de su casa.
-
Tenían que haber más de veinte en la cocina hoy. Nunca había visto
tantos. – Comentó casualmente Tyler cuando se cruzó con Evan. El más
joven frunció el ceño.
- Es normal en esta casa. Han llegado a haber cincuenta. – Le respondió, en un intento de descartar el tema.
- ¿En la misma habitación? – Tyler rió. – Tu padre definitivamente es un magneto para espíritus.
- Lo se.
-
Siempre te ves muy contrariado cuando hablas de ellos. – Por primera
vez la voz del invitado abandonó el tono de superioridad que utilizaba
normalmente. - ¿Qué es lo que escondes, Evan?
- No escondo nada. –
Evan se apartó, dejando más espacio entre ellos. – No me gusta hablar
de ellos. Eso es todo. – Concluyó girándose y rápidamente entrando a su
habitación.
Se desplomó en la cama, pero en realidad lo que más quería era partirle la sonrisa a Tyler en mil pedazos.
Estaba
harto de las charlas de espíritus, harto de que a cada minuto le
recordaran que pertenecía a la estúpida Generación y que era el hijo
del mil veces maldito William Lowe. Odiaba pensar que heredaría un
tercio de esa estúpida compañía algún día.
Cerró los ojos y recordó aquella voz, la voz de ella...
Abrió
los ojos y se levantó de la cama. Eso no ayudaba en lo más mínimo y
definitivamente no tenía ganas de volver a la terapia para que aquella
mujer estúpida intentara convencerlo de que todo había sido un mal
sueño.
Se sentó en calma, e intentó dejar su mente en blanco.
Desafortunadamente, eso resultó ser una tarea mas dura de lo que esperaba.
Tarde en la noche, ya pasada la medianoche, Dominique entró a la habitación de Evan seguida por Arisa.
Evan,
que afortunadamente no estaba cambiándose de ropa o algo igualmente
embarazoso, la observó perplejo desde su lugar en la alfombra.
- ¿Necesitas algo?
- Tengo que decirte algo... Pero tiene que ser en privado.
Los
espíritus observaron a Dominique primero, luego a Evan y finalmente a
Arisa que con una pequeña sonrisa se comenzaba a retirar. Rápidamente
todos la siguieron sin decir palabra.
Ambos se sentaron en la cama
frente a frente, y por un momento Evan se sintió de nuevo como cuando
eran niños. Antes de las locuras de la terapia y de la secundaria.
Cuando los espíritus eran una cosa buena, antes de ella... Negó con la
cabeza, este no era el momento indicado para recordar esas cosas.
- ¿Puedes pedirles que no vuelvan? – Le preguntó Evan y Dominique supo que una parte de él no bromeaba.
-
Puedo pedirles, pero ellos no tienen porqué obedecerme... – Le
respondió ella con una pequeña risa. – Sabes que los espíritus hacen lo
que quieren.
- Lo se. – Dijo él, y no pudo evitar pensar que quizás su voz había sonado demasiado amarga.
-
Evan... – Dominique eligió no hacer caso al tono de voz de su hermano.
-Creo que algo grande se nos acerca. Algo que no podemos entender del
todo...
- ¿De que hablas?
- He estado teniendo sueños. He soñado con los espíritus de siempre... y con espíritus que no conozco.
-
Has estado durmiéndote en línea, ¿Verdad? – Evan no pudo evitar que un
poco de preocupación se asomara en su voz. Había escuchado toda clase
de cosas sobre las consecuencias de dejar a la red acceder al
subconsciente de una persona, y aunque la mayoría eran mitos, sabía que
algunas de ellas tenían que ser verdades si el Grupo A tenía tanto
interés en impedir que las personas hicieran esas cosas.
- Si. Pero
siempre lo hice y nunca soñé nada fuera de lo normal. – Respondió
Dominique interrumpiendo sus pensamientos. - Sabes, lo que yo creo es
que algún espíritu que esta lejos intenta hablarme.
- ¿Lo crees?
-
Si. Estoy segura. La que más me preocupa es una niña... Es más pequeña
de lo normal también... – Frunció el ceño intentando recordar más
detalles. – Tiene el cabello largo y muy blanco... Nunca había visto a
alguien así, ni como espíritu ni en la vida real...
- Siempre me
pregunté porque es que todos los espíritus son niños. – Evan dijo en
voz alta esa pregunta que ambos llevaban años haciéndose y por un
momento ambos guardaron silencio, pensando en posibles respuestas.
- ¿Me crees? – Aventuró Dominique cuando comenzó a sentir que el silencio era demasiado tenso para mantenerlo.
-
Si. – Evan suspiró. – Ellos se sienten atraídos a ti. Siempre lo
hicieron... Y hoy había muchos de ellos alrededor de mi padre...
- Quieren hablarte de nuevo... Me pidieron que te lo dijera.
-
Sabes que no puedo. Mama se pone nerviosa, y yo prefiero no hacerlo
tampoco. Si hablo con uno, cientos de ellos aparecen después.
- Puedo... Puedo enseñarte a hablarles como les hablo yo. No es muy difícil. – Propuso ella, esperanzada.
-
No. No, aún no... – Evan optó por zanjar el tema en ese momento. –
Algún día, cuando pueda explicarte la historia te lo diré. Por ahora
prefiero seguir fuera de sus radares...
- Entiendo... – Dominique
bajó la cabeza con un suspiro. Tenía muchísimo trabajo por delante si
quería que Evan volviera a hablar con los espíritus.
- El día que esté listo para hablarles con mi propia voz... Ese día te pediré que me enseñes a hablarles como tu. ¿De acuerdo?
- De acuerdo. – Ella sonrió y se recordó a si misma que aún había esperanza. – Es una promesa.
Evan sonrió, pero guardó silencio.
- ¿Que te preocupa? – Le preguntó, sabiendo que ella no traía el tema a la luz nunca llegarían al punto.
- No todos ellos son buenos, Dom.
-
Lo se... – La respuesta fue un poco inesperada para Evan, que levantó
la cabeza para ver a su hermana. – Se que muchos de ellos intentarán
lastimarme si comienzo a buscar a esa pequeña. Arisa dijo que me
protegería, pero ella no puede hacer nada contra la gente real...
- ¿Buscarla? ¿Sabes algo sobre dónde esta?
- Uno de los espíritus... Me dijo que ella estaba en un lugar llamado Treinta Cero.
- ¿Quizás sean coordenadas?
- Ya miré el mapa. En los lugares donde puede estar eso que no sean cerca de centros poblados solamente hay agua.
-
Una isla artificial, quizás. Podría ser algo así. – Evan frunció el
ceño Se suponía que el proyecto de las islas artificiales se había
cancelado por no ser viable. Quizás alguien que tuviera información y
los recursos podría crear una.
- Voy a esperar... Quizás pueda entender más con el tiempo. Pero quería que supieras...
- Solo... No hagas una tontería. No salgas sin hablarme antes y ten cuidado con todo lo que hagas, ¿Si? No te fíes de ellos.
- Lo se. – Dominique sonrió. – Tonto, claro que voy a tener cuidado. Ya no soy una niña.
- Por si acaso. Siempre te pones tonta con los espíritus. – Evan rió cuando ella le respondió con un puchero.
- ¡Eres el peor! - Lo criticó, al tiempo que le lanzaba una almohada.
Esa noche, Dominique se retiró a su habitación y durmió como un bebé.
Esa noche Evan no pudo pegar un ojo.