Capítulo Primero.
Sobre la rutina de lunes de Evan, de su familia y la Red; y sobre los espíritus que se mezclan en ella.
Lunes. Siete de la mañana.
Evan Lowe se sentó en la cama, se conectó a la Red y abrió los ojos.
El
filtro de realidad le devolvió su habitación. Las ventanas ya estaban
abiertas (madre las debe haber abierto, notó) y el sol se filtraba por
entre las cortinas (aquellas cortinas las había elegido Dominique
después de varios días de indecisión).
Observó e ignoró la
figura borrosa del niño junto a su cama (otro espíritu, suplió su
mente) y se levantó para cambiarse. El aroma del desayuno llegó a el y
no pudo evitar una sonrisa. Olía a huevos y jamón.
Bajó las
escaleras de dos en dos, cantando una canción para sus adentros y lo
recibió una imagen típica de la vida diaria de su familia.
Dominique cocinaba el desayuno, bajo la cuidadosa atención de su madre. Ismael estaba sentado a la mesa, algo contrariado.
Uno por uno los saludó, y se dejó caer con gusto en la rutina diaria.
-
Anoche la red cayó. – Le comentó Dominique desde su lugar junto a la
cocina. – Dicen que estuvo fuera de línea por más de treinta segundos.
-
¿Ah si? – Evan se acercó para observar la comida (y quizás robar un
pequeño bocado) y lo recibió un golpe de espátula en la parte superior
de la cabeza.
- No toques nada. – Lo reprendió su madre y Evan no
pudo más que observar a la pared donde se encontraba la Planilla, sin
evitar un poco de respeto y temor. Si le tocaba sacar la basura estaba
muerto.
La Planilla, él siempre pensaba en ella con P mayúscula,
era una de las pocas cosas de William Lowe que Evan no detestaba. Y lo
cierto era que en sus diecisiete años de vida había aprendido miles de
cosas que odiar sobre su padre.
Afortunadamente sus tareas para
el día incluían cosas simples como limpiar los platos del desayuno y la
cena. La distribución de tareas de la casa era llevada a cabo al
principio de cada mes, y con cierto fervor religioso se entregaban al
ritual de tirar monedas y jugar trivia para decidir al que elegiría
primero que tareas hacer que día.
Los Saez eran una familia organizada.
La
rutina de los lunes por este mes era simple. Dominique, de dieciséis
era la encargada del desayuno. Evan era el que limpiaba los platos del
desayuno y la cena. Nadie almorzaba en casa así que no había nada que
limpiar, Ismael sacaba la basura y ponía y levantaba la mesa, y
finalmente Agnes preparaba la cena.
- No te van a dejar hacer nada. – Intervino Ismael, sacándolo de su contemplación de la Planilla. – Así son ellas.
Evan
rió por lo bajo, la dolorosa verdad tenía cierta gracia, sus vidas eran
regidas sin piedad alguna por las dos rubias. La mesa ya estaba
preparada así que se sentó en su lugar y envió el comando para que la
televisión se prendiera; sin mucha atención buscó las noticias sobre la
caída de la Red y eligió entre las del menú la que sonara menos
sensacionalista y más oficial. Ya luego vería las demás noticias.
Esa
tarea resultó ser bastante fácil, con títulos como “Caída de la Red,
Extraterrestres o Conspiración”, “El Fin del Mundo Tal Como lo
Conocemos”, “¿Está Dios en contra de la Red?” y “Como será La Vida Sin
La Red”, encontrar el artículo llamado “Representantes del Grupo A
explican el tiempo fuera de línea de la noche” era bastante fácil.
Anoche
a partir de las tres y treinta y tres minutos y durante treinta y tres
segundos, la Red estuvo fuera de línea. Explicó Lorena Ruiz, detrás de
ella se podía observar una sala repleta de gente, donde seguramente el
Grupo A daría su explicación oficial.
Evan era bastante parcial
hacia ella, de todas las cadenas de noticias esta era su preferida, una
de las pocas que prefería mostrar los sucesos tal y como eran. Y como
para mejorarlo, Lorena era una preciosura de grandes ojos castaños y
largo cabello negro.
Brindará el anuncio oficial, el Representante y Director de Investigaciones, William Lowe.
Evan frunció el ceño mientras su relativamente buena mañana se iba al diablo. Ahí venía él de nuevo. Siempre él.
Ismael
volvió la cabeza hacia las noticias y Dominique se acercó también para
escuchar mejor. De toda la familia ella era la que más se interesaba
por los estados de la Red. Agnes tomó su lugar en la cocina, terminando
de freír el jamón y los huevos, pero subió el volumen para escuchar
mejor.
Durante la noche, nuestro Servidor principal, Arianna,
estuvo fuera de línea durante treinta y tres segundos debido a una
falla en la programación de la conexión entre los Nodos y los
Servidores secundarios.
Si las miradas pudieran matar, un rayo
hubiera caído sobre William Lowe en ese mismo momento. Agnes terminó de
servir el desayuno y se sentó a la mesa junto al resto de su familia,
dulcemente le dio una palmadita en la cabeza a su hijo a modo de
reprimenda, pero su mirada se dirigió a las noticias inmediatamente.
El
primer Servidor en volver a la línea fue Abel, y el último fue Anya,
como es el procedimiento normal. No se detectó ninguna anomalía, pero
el Grupo ha comenzado investigaciones y mejorado las contramedidas para
evitar que esta situación se repita.
La familia desayunó en
silencio escuchando el informe cuidadoso, con estadísticas y testigos
que el Representante brindaba a los medios y la gente. De los sesenta y
cinco años que la Red Neural llevaba en línea, esta era la primera vez
que la desconexión al Servidor principal duraba más de cinco segundos.
Podemos
asegurar que esta situación no tiene relación alguna con los problemas
que experimentamos con la versión previa del Servidor Principal, Arima.
Como se ha podido confirmar en esta oportunidad, no existieron pérdidas
de ninguna clase de información.
Dominique se acercó a la
pantalla frente a la mención del incidente de Arima (a pesar de que la
televisión se escuchaba al mismo volumen de lejos o de cerca). La
fascinación de Dominique con ese suceso en particular nunca fallaba en
incomodar a Evan. Que un día la Red decidiera empezar a borrar
información solo porque si era algo más que un “incidente”. El
simplemente se negaba a creer que había sido una falla masiva en varios
discos duros.
Pero así era el mundo de la Red. Mientras William
Lowe, hijo de Wilhelm Lowe, padre de Evan Lowe, sonreía desde la
televisión en el área del Servidor Abigail y amablemente brindaba
respuestas a las preguntas de la prensa, en el área del Servidor Abel,
Evan Lowe, hijo de William Lowe y Agnes McBride, estaba bastante harto
de ver a su padre en televisión.
- Cambien de canal. – Murmuró contrariado.
-
Estamos viendo las noticias, - replicó Dominique, encantada con cada
dato de información estadística absolutamente inútil que se decía. – No
siempre sale William a dar las noticias directamente.
- No,
normalmente manda a una de sus mascotas, está demasiado ocupado para
salir de su laboratorio. – Murmuró el joven por lo bajo.
- Evan, no hables así de tu padre. – Esta vez fue el turno de Agnes de reprenderlo.
Al
final, siempre sucedía lo mismo. Aparentemente la única persona que
recordaba que su padre era un bastardo que se había olvidado
completamente de su esposa e hijo era él. El resto del universo adoraba
a William Lowe y besaba el piso en el que sus estúpidos pies caminaban.
Hasta Ismael, que como segundo marido de Agnes tenía el Deber de no
llevarse bien con William y de detestarlo, aparentemente pensaba que
era una persona muy capaz y no decía nada en su contra.
A pesar de todo, esa vez Evan decidió quedarse en silencio. Lo superaban tres a uno.
La rutina retomó su dominio.
Esa
mañana el espíritu que siempre lo seguía en las mañanas hablándole
animadamente a pesar de la falta de respuesta, se limitó a observarlo
en silencio mientras caminaba al colegio.
Evan lo ignoró.
De todas las cosas, lo consolaba pensar que después de clases se encontraría con la Banda.
La
Banda no tenía nombre ni género musical y ni siquiera estaban
completamente seguros de ser una banda, pero Evan siempre pensaba en
ellos como la Banda, con B mayúscula.
Tenían un par de temas y
estaban pensando en grabar un demo, pero tenían algunos problemas
secundarios como que “La Banda” era un nombre demasiado obvio y estaba
usado, pero no se les ocurría otro.
Se encontraría con Jay, que
era el guitarrista principal y gran casanova del grupo; con Clara, la
baterista, vestuarista y actual novia de Jay; con el nuevo bajista (de
quien nunca podía recordar el nombre) y con Erin, que no entendía un
cuerno de música, pero definitivamente se manejaba bien con las
finanzas y era la única que era capaz de hacer que todos ensayaran
durante los ensayos en vez de divagar
Evan era el cantante, para gran gusto de su madre (y para gusto propio, aunque nunca lo admitiera).
Pero antes de eso estaban las clases.
Y
las clases eran largas, aburridas y mayormente improductivas (al menos
en su mente). Desde que se habían mudado a América del Sur, el área del
Servidor Abel, su madre les había permitido elegir seguir asistiendo a
clases en un colegio o traer tutores a la casa. Evan había preferido
las clases, y aunque no se arrepentía (había conocido a Jay aquí y eso
había sido fantástico) a veces envidiaba un poco el tiempo libre que
Dominique tenía
Suponía que era su culpa, debió pensar en que algo así le pasaría a cualquier persona que fuera parte de la Generación.
Existían dos tipos de personas en el mundo.
Aquellos con habilidad natural para la Red y aquellos que no.
Entre
los primeros, se destacaban algunos que demostraban una capacidad
superior para el procesamiento de información y la manipulación del
ambiente. Era sabido que todas esas personas eran jóvenes menores de
veinte años, cuyos estudios terminaban siendo subsidiados por el Grupo
A, al que eventualmente se unían como investigadores.
A eso se lo conocía como la Generación de la Red.
Evan
era uno de pocos afortunados que podía contarse en ese grupo, y era uno
de los pocos desafortunados que preferirían no hacerlo.
A pesar
de ello, nunca desperdiciaba una oportunidad de utilizar la red para
facilitarle la vida, y probablemente esa fuera la razón por la que
apenas recordaba como eran las clases antes de comenzar a tomarlas en
la red.
Darle la capacidad a un profesor de simplemente enviar la
información a la mente de los alumnos para que sus cerebros la procesen
a su tiempo, es una comodidad que el pasado nunca habría podido ofrecer.
La
Red había mejorado la calidad de la enseñanza también. Debido a la
delicada tarea que desempeñaban ahora, los profesores y maestros debían
estudiar obligatoriamente. Eso también había aumentado visiblemente los
salarios.
Afortunadamente (o desafortunadamente, dependiendo con
quien hablaras), con excepción de algunas escuelas experimentales, la
mayoría de las clases continuaban siendo duales.
Eso significaba que
las lecciones se continuaban dando en el modo normal. El profesor
preparaba una clase y hablaba por horas sin fin mientras
simultáneamente enviaba la información directamente al cerebro de
aquellos de sus alumnos que estuvieran conectados al hub del salón.
El
mayor poder de la Red es que nos trae comunicación en vez de
restringirla, eran las palabras de la mayoría de los defensores de la
Red Neural, y en eso Evan les daba la razón. Contrariamente a los
sistemas antecesores de la Red (como la Internet), las personas en la
red se comunicaban normalmente con las personas que no estaban en ella,
e incluso en los Nodos donde la Red era más prevalente, muchas personas
preferían no utilizarla durante todo el tiempo.
Lo cierto era que lo que el verdadero poder a la Red era un hecho simple.
Su
accesibilidad. Cualquier persona podía utilizarla, era gratuita y
estaba en todas partes. La Red había creado el mundo que ellos tenían
ahora.
Más del ochenta por ciento del mundo la utilizaba a diario y
el cincuenta por ciento de las personas restantes la utilizaban para
obtener información necesaria casualmente.
Los índices de
criminalidad eran visiblemente inferiores mientras mas cerca se hallaba
uno de un Nodo, y los índices de educación y salud eran ampliamente
superiores.
A la cabeza de esa pequeña utopía se hallaba la Santísima Trinidad del Grupo A: Rhodes, Lowe y Brand.
Era
raro que uno de ellos se mostrara directamente al público, y Evan no
podía dejar de reconocer que había sido una jugada bastante inteligente
de parte de la directiva el dejar a William encargado del anuncio... O
quizás fuera correcto decir “Evan no podía dejar de pensar”.
Ese sería un día largo, lo podía presentir, y solo hicieron falta dos horas para que supiera que no se equivocaba.
Una
vez que terminó de aprender y organizar la información recibida en su
clase del día, llegó al punto en el que se le acabaron las excusas para
no prestar atención. Ya había intentado hablar con sus compañeros,
hablar con alguien que estuviera en la Red, cambiar el empapelado de su
habitación y hasta hablar con Dominique (que por su sistema de
aprendizaje y su facilidad natural solía tener más tiempo libre de lo
normal) pero ella amablemente le comentó que quizás debería considerar
dormir una siesta o escaparse de clases diciendo que iba al baño. Y eso
que Dominique se suponía que era la más correcta de los dos.
Llegó
al punto en que su mente conspiró en su contra y le sugirió que podía
conversar un poco con los Espíritus de la Red. Al diablo con la promesa
de dejar de hablar con ellos que le había hecho a su madre y con los
tres años de terapia que solo lo habían convencido de que a esa
psicóloga le pagaban porque tenía bonitas piernas.
No que no se
hubiera divertido con el tratamiento. Y con las piernas antes
mencionadas. Pero claro. La niña que se sentaba en el banco vacío de su
clase era solo un figmento de su imaginación, el niño que lo observaba
cuando dormía era solamente un reflejo de la luz, y el hecho de que los
espíritus que el veía se vieran exactamente igual que los que veía
Dominique era solo una coincidencia.
Evan giró los ojos, y
decidió que quizás Dom tenía razón. Dormir era la solución a todos los
males. Así que se acomodó en su banco, y protegido por su ubicación
privilegiada se durmió.
Lo despertó el dulce mensaje de Erin.
Evan
ya estaba mas que acostumbrado a los avisos de “llegas tarde a la
práctica” y a los mensajes de “Erin está gritando de nuevo, yo en tu
lugar me apuro” de parte de Jay.
A veces también recibía mensajes de
Clara, pero los de ella eran más educados y nunca le causaban daños
permanentes a su cerebro, y una vez el bajista le había mandado un
mensaje también.
Había recibido mensajes de su madre (que eran
siempre en la voz tranquila que ella usaba) y de Dominique, que
cambiaba de tonos de voz como de humores. Algunos mensajes de Ismael
(pero el era paciente y prefería esperar a que Evan llegara a la casa)
y muy a su pesar había recibido incluso un par de mensajes de su padre.
Había
recibido mensajes de chicas, que querían conocerlo; de chicos, que
querían patearlo, y viceversa, la mayoría de los tipos de mensajes los
había recibido cuando aún vivía en Alemania con su padre.
Una vez
cuando aun vivía en América del Norte, una de sus novias, Cheryl, lo
había dejado con un mensaje que decía “Hola, soy Cheryl, vete al
infierno.”
Pero nunca en su vida, Evan había recibido mensajes
como los de Erin. Y no había nada más perfecto en este universo que
despertarse con un montón de alaridos en tu cabeza.
Casi cayó de
su asiento frente al primer grito y notó que la clase casi terminaba.
Se ganó un par de miradas, pero nadie lo cuestionó. No era la primera
vez que se dormía en clase. Más bien a todos les extrañaba que hubiera
demorado tanto en hacerlo. Evan no pudo evitar una risa por lo bajo
mientras recogía sus cosas para salir como si nunca hubiera estado
dando una siesta improvisada.
Durante el camino a la casa de Jay, encontró varios espíritus por la calle.
Todos ellos lo miraban fijo al verlo pasar, casi como si supieran que Evan podía verlos.
Eso lo enojaba un poco, así que simplemente no les hizo caso.
La Banda se reunía en el garaje de la casa de Jay.
Habían
pensado en llamarse los Aces del Garaje, pero otra banda (una de esas
que solo los adultos escuchaban) ya había hecho el chiste antes.
Para su suerte, Evan fue el primero en llegar, apenas un par de minutos después de Erin.
Irónicamente, aunque era su casa, Jay fue el ultimo en llegar.
Una
vez reunidos, y luego de que Erin les leyera la agenda para el día (que
incluía cosas como “practicar una canción que no vamos a usar”,
“cenar”, “olvidar el tema”, “olvidar el demo” y “dejar todo para
mañana”).
Todos rieron mientras Erin leía el programa en un
monótono, pero terminaron cumpliendo la agenda al pie de la letra sin
darse cuenta siquiera.
Esa tarde, hablaron sobre lo que todo el mundo había estado hablando, los treinta y tres segundos sin Red.
Cada
cual traía su teoría de casa e iban desde lo lógico (“un error en
programación, es normal” había dicho el bajista, quien Evan dedujo se
llamaba Emanuel) hasta lo completamente absurdo (el “demasiadas citas
en línea, siempre supe que pasaría” de Jay).
Dominique llegó a
las nueve de la noche y los encontró ensayando una canción a la que Jay
cariñosamente había bautizado “la canción de Cheryl” y que como la
mayoría de los productos musicales del grupo estaba llena de bromas
internas disimuladas.
Ella no pertenecía a la Banda, pero era
una parte del grupo también. Particularmente para Emanuel, que gastaba
la mitad de su tiempo en suspirar como un tonto enamorado cada vez que
la veía.
Evan había hecho las amenazas de rigor (“si tocas a mi
hermana te mato”) en un tono bromista unos días antes y afortunadamente
nadie las había tomado en serio. Sería más fácil matarlo si no estaba
esperándolo, solían bromear.
Como siempre, terminaron el ensayo a las doce.
Como siempre, un espíritu esperó a Dominique y a Evan para acompañarlos de vuelta a casa.